POR LA EVANGELIZACIÓN JUNIO 2019

 

INTENCIONES DE ORACIONES DEL SANTO PADRE CONFIADAS A LA RED MUNDIAL DE ORACIÓN

Junio 2019

 

 

 

Por la evangelización: Estilo de vida de los sacerdotes

 

“Por los sacerdotes para que, con la sobriedad y la humildad de sus vidas, se comprometan en una solidaridad activa hacia los más pobres”.

 

 «Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha» (Sal 34,7). La Iglesia desde siempre ha comprendido la importancia de esa invocación. Está muy atestiguada ya desde las primeras páginas de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro pide que se elijan a siete hombres «llenos de espíritu y de sabiduría» (6,3) para que se encarguen de la asistencia a los pobres. Este es sin duda uno de los primeros signos con los que la comunidad cristiana se presentó en la escena del mundo: el servicio a los más pobres.

 

Esto fue posible porque comprendió que la vida de los discípulos de Jesús se tenía que manifestar en una fraternidad y solidaridad que correspondiese a la enseñanza principal del Maestro, que proclamó a los pobres como bienaventurados y herederos del Reino de los cielos (cf. Mt 5,3). «Vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,45). Estas palabras muestran claramente la profunda preocupación de los primeros cristianos.

 

El evangelista Lucas, el autor sagrado que más espacio ha dedicado a la misericordia, describe sin retórica la comunión de bienes en la primera comunidad.

 

Con ello desea dirigirse a los creyentes de cualquier generación, y por lo tanto también a nosotros, para sostenernos en el testimonio y animarnos a actuar en favor de los más necesitados.

 

Ha habido ocasiones, sin embargo, en que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dejándose contaminar por la mentalidad mundana. Pero el Espíritu Santo no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo esencial. Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han dado su vida en servicio de los pobres. Cuántas páginas de la historia, en estos dos mil años, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos más pobres. Entre ellos destaca el ejemplo de Francisco de Asís, al que han seguido muchos santos a lo largo de los siglos. Él no se conformó con abrazar y dar limosna a los leprosos, sino que decidió ir a Gubbio para estar con ellos.

 

Él mismo vio en ese encuentro el punto de inflexión de su conversión: «Cuando vivía en el pecado me parecía algo muy amargo ver a los leprosos, y el mismo Señor me condujo entre ellos, y los traté con misericordia. Y alejándome de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Test 1-3; FF 110). Este testimonio muestra el poder transformador de la caridad y el estilo de vida de los cristianos.

 

No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia.

 

Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida.

En efecto, la oración, el camino del discipulado y la conversión encuentran en la caridad, que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evangélica. Y esta forma de vida produce alegría y serenidad espiritual, porque se toca con la mano la carne de Cristo. Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía.

El Cuerpo de Cristo, partido en la sagrada liturgia, se deja encontrar por la caridad compartida en los rostros y en las personas de los hermanos y hermanas más débiles. Son siempre actuales las palabras del santo Obispo Crisóstomo: «Si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreciéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidáis a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez» (Hom. in Matthaeum , 50,3: PG 58).

 Francisco

 

  COMENTARIO PASTORAL

 

 

La solidaridad con los pobres, el convivir con ellos, el buscar que la sociedad entera les ayude a salir de la pobreza material, es un deber de todos los cristianos, pero muy especialmente de los sacerdotes.

Cristo instituyó el sacerdocio como un sacramento de su presencia activa entre los hombres, como una institución ejemplar que ayuda a todo bautizado a vivir su fe activamente.

Uno de los rasgos más importantes de la fe cristiana es el desprendimiento de los bienes materiales, el no poner en ellos el ideal de vida ni el sentido de la existencia, sabiendo que son temporales y caducos. A esos bienes renunció san Francisco de Asís y tantos santos y buenos cristianos que pusieron su corazón en los bienes eternos. Sin llegar a una renuncia total a los bienes propios, la sobriedad lleva a la humildad y el desprendimiento es camino para una vida santa.

El sacerdote y aún más el obispo deben dar ejemplo de austeridad ante los fieles que se escandalizan con razón cuando saben que viven una vida regalada. Un obispo alemán se enfrentó a peticiones de renuncia cuando se supo que la construcción de su residencia oficial pasó de los tres millones de dólares proyectados a casi 50 millones.

Ese escándalo contrasta fuertemente con la conducta habitual del papa Francisco, quien desde que era obispo en Argentina vestía modestamente, usaba transporte público porque no tenía vehículo propio y rehuía toda manifestación de ostentación.

Así debe ser el sacerdote que regenta una parroquia o vive en una comunidad religiosa. Los ingresos de la parroquia no son su peculio personal, si son muchos, sino que deben atender a tantos necesitados como hay en Venezuela. Pero la mayoría de las parroquias son pobres y apenas pueden vivir de los pocos ingresos que reciben de los fieles. Participan así de la cercanía de los pobres, que son la mayoría en nuestro país. Roguemos al Señor para que la austeridad de vida nos lleve a querer más a los pobres y a compartir con ellos lo que nos sobre.

Fco. Javier Duplá sj.

 

COMENTARIO PASTORAL

África, cuna de la raza humana, es el continente más variado, donde confluyen más razas, culturas y religiones diversas. Tiene riquezas de todo tipo, y también lagos, montañas, desiertos y selvas que la convierten en un paradigma de la corteza terrestre. No hay una historia de África sino muchas historias convergentes en explotación y colonización, y figuras muy conocidas como Cleopatra en la antigüedad, y Patricio Lumumba, Leopold Senghor y Nelson Mandela en tiempos recientes.

Las zonas del norte de África conocieron el cristianismo desde el tiempo de los apóstoles y Alejandría fue una de las sedes más importantes junto con Roma, Antioquía y Jerusalén. San Agustín, obispo de Cartago, es el santo africano más conocido de los primeros siglos. En el norte de África predomina ahora la religión islámica y en los países subsaharianos el cristianismo.

El papa Francisco nos pide que oremos para que la Iglesia católica se convierta en fermento de unidad en el continente africano, algo realmente grandioso y necesario. Grandioso, porque es muy difícil unir visiones e intereses tan distintos; necesario, porque así la Iglesia católica africana se puede convertir en ejemplo de lo que Cristo Jesús pidió para nosotros al Padre en el discurso de la última cena: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn. 17, 21). Con el compromiso de los cristianos africanos, es decir, con su voluntad de unidad y su trabajo generoso para atender las necesidades de todos, serán fermento de unión de todos los pueblos. Para lograrlo, es bueno seguir la recomendación del Papa: “Vuestra acción evangelizadora será mucho más eficaz si el Evangelio es realmente vivido por quienes lo han recibido y lo profesan”.  Y de esa manera se convertirán también en signo de esperanza. ¿Esperanza de qué? De que un mundo distinto es posible, un mundo en el que no predominen las trasnacionales explotadoras ni las ideologías opresivas y engañadoras, ni la depredación de las riquezas de la madre Tierra o la violencia irracional. En el que se haga posible el entendimiento entre las religiones monoteístas y las demás. Roguemos al Señor por esta intención con insistencia y confianza.

Fco. Javier Duplá sj.