¿POR QUÉ TEMÉIS?

 

 

 

 

Primera parte

 Señor los hombres se llaman desde un silencio a otro,

se buscan desde una soledad a otra,

y todas las voces son voces que vienen de fuera.

Sólo tú eres una voz que resuena en medio del alma.

Ven y sigue hablando, tú que eres el más fuerte,

Porque eres el único que habla al corazón.

Y danos, te rogamos, un corazón que escuche.

Me apasiona la delicadeza de Jesús con nuestra libertad para que lleguemos solos a la respuesta, sin imponerse ni aplastar a nadie.

El gran regalo que nos hacen las preguntas es acompañarnos a vencer cada día la costumbre, la confortable autojustificación.

El segundo regalo consiste en estar seguros de que como creyentes pertenecemos a un sistema abierto y no cerrado. Un sistema abierto donde hay espacio para la libertad y para nuevas adquisiciones. Uno de los grandes hombres espirituales del siglo XX, el padre Giovanni Vannucci, solía repetir: “no alimentéis pensamientos ya pensados por otros”.

Estamos llamados a “caminar en la verdad” (2Jn,4), somos los del camino”, es el primer nombre de los cristianos en los Hechos de los Apóstoles (cf 9,2), parte de un proyecto que florece y madura, “fructifica y se desarrolla” (Col 1,61).

“Si eres un hombre libre, puedes ponerte en camino” (H.D. Thoreau). Feliz la persona que lleva caminos en el corazón (cf Sal 84,6).

Si los cristianos como dice Pablo, son aquellos que realizan la verdad en el amor (Ef 4,15), significa que la verdad está encaminada, es un crecer, un enmarcarse progresivo.

Nosotros somos los que realizamos la verdad en el amor: nosotros, no yo. La verdad es sinfónica (Hans Urs von Balthasar) y comunitaria, y está en camino; es un camino que recorremos juntos, en Sínodo. La experiencia de pertenecer a un sistema abierto, encaminado, que espera nuestra aportación, es el don que nos hacen los profetas de todos los tiempos. Como creyentes no somos ejecutores de órdenes, sino inventores de caminos; no somos obreros a las órdenes de un patrón, sino artistas inspirados por el Espíritu. (Jacques Maritain).

Seamos inventores de caminos en el sol, que nos lleven a los unos hacia los otros y juntos hacia Dios. (Leer Mc. 4,35-41). Nos dice el Maestro: “¿Por qué sois tan miedosos? ¿Por qué no tenéis fe?”: miedo y fe son dos palabras antagónicas que se disputan eternamente el corazón humano.

La Palabra de Dios, desde el principio hasta el final de la Biblia, consuela y estimula, repitiendo: no temáis. ¡No tengáis miedo! Como si fueran el “buenos días” de Dios. Como nuestro pan cotidiano, nos llega el “no temáis” de Dios.

 Los motivos de nuestros temores son muchos. Tenemos miedo del niño, del enfermo, del pobre, del agredido, del moribundo, del perseguido. Mil motivos. El miedo de Adán y Eva.

David María Turoldo escribe: “Equivocarnos sobre Dios es lo peor que nos puede suceder, porque después nos equivocamos sobre la historia, sobre la humanidad, sobre nosotros mismos, sobre el bien y el mal, sobre la vida…” El miedo de los miedos nace de la imagen errónea de Dios.”Un día Dios, siempre tan creativo, original y desconcertante en sus propuestas, invertirá la cuestión de este modo: ¿el hombre y la mujer no se han fiado de Dios? Pues bien, Dios se fiará de ellos, inventándose la encarnación. Se fiará hasta el punto de entregarse en sus manos inerme, vulnerable, menesteroso e incapaz de todo, un bebé llorando. Se fía, y la jovencita dice Sí y aprende a ser Madre” (Marina Marcolini). Y José el hombre enamorado y atormentado por las dudas, se fía y se pone al servicio de aquellos dos, con sus manos callosas y sus sueños.

El hilo que remienda el desgarro en la trama de amor entre Dios y el ser humano se llama CONFIANZA. Lo que se opone al miedo no es el valor, sino la fe: ¿por qué tenéis miedo? ¿No tenéis fe? Miedo y Fe los dos antagonistas.

“Ya caía la tarde, Jesús les dijo: “Pasemos a la otra orilla”. Las barcas, las pequeñas barcas están seguras, amarradas en el puerto, pero no han sido construidas para esto. Están hechas para navegar y afrontar tempestades… No es evangélico permanecer inmóviles en la bahía, sujetos con el ancla.

Nuestro lugar no está en los éxitos ni en los resultados triunfales, sino en una barca en el mar abierto donde antes o después durante la navegación de la vida encontraremos aguas agitadas y vientos contrarios. La verdadera formación no consiste en enseñar las reglas de la navegación, sino en transmitir la pasión por el mar abierto y el deseo de navegar más allá, con pasión de alta mar.

En breve trayecto Jesús se duerme. Estaba cansado, se ha enfrentado a situaciones que le han privado de fuerzas preciosas: habían venido su madre y sus hermanos tal vez para llevárselo a casa y ponerlo al resguardo en el puerto del hogar doméstico. Y Jesús confirma su distancia: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Son aquellos que parten conmigo hacia la otra orilla. Y Jesús exhausto se duerme. Y a los hombres les parece estar abandonados apenas se levantan el viento y las olas de las traiciones. Es algo así como si todo el mundo estuviera en la tempestad, una situación en la que el derecho es el más fuerte, más armado o más cruel. ¡Y Dios parece dormir!

 Y nosotros quisiéramos que interviniera inmediatamente, a las primeras señales de fatiga, a la primera experiencia del miedo, tan pronto como quiere atenazarnos el miedo. Pero él interviene, está allí, escrutando cuanto falta para terminar la noche. Y la barca símbolo de mi mismo, y de mi vida frágil, y frágil de la gran comunidad y de sus problemas, al tiempo que resiste, avanza.

Dios no actúa en nuestro lugar ni nos salva de las tempestades, pero nos sostiene dentro de las tempestades.

“No salva del sufrimiento, sino en el sufrimiento;, no protege del dolor, sino en el dolor”. La expresión es de Dietrich Bonhoeffer: Dios no salva de la cruz, sino en la cruz”.

Es suficiente un cambio de preposición y todo adquiere otra luz; Dios no da una solución a nuestros problemas; se da a sí mismo, se nos da todo. (Catalina de Siena). (Continuará).

Recopilado por:

Álvaro Lacasta, s.j.

De Ermes Ronchi

“Preguntas escuetas del Evangelio”