APRENDER A VER

 

 

 

 

APRENDER A VER

 

El Samaritano “vio y se compadeció”

Vio las heridas de aquel hombre y se sintió herido por aquellas heridas, invisibles en cambio por los hombres que han perdido los ojos del corazón. El término clave para reflejar la compasión es “sufrimiento”.

Jesús sabía mirar a los ojos de una persona y descubrir, tras un centímetro cuadrado de iris, la urgencia de una promesa, un deseo, energía contenida, futuro.

Es demasiado fácil cerrar los ojos aduciendo como pretexto lo gris de la ciudad y de los rostros. Para ver bien un prado hay que arrodillarse y mirarlo de cerca.

Hay un solo modo para conocer a un pobre, a Dios, una ciudad, una herida o una flor: arrodillarse y mirarlo de cerca. Se conoce solo de rodillas, no pasando de largo. Mirar a los demás a milímetros de la cara, de los ojos, de la voz, y no de lejos. Mirar como niños y escuchar como adultos.

Si viéramos la tierra, la humanidad, nuestra casa, a cada criatura, con los ojos que acarician en silencio e iluminan al otro, sin violencia, ¡cuántas cosas cambiarán! Las palabras nacerán suaves y no duras.

Pensemos en el modo de mirar de Jesús. Es la mirada del amo del campo en la parábola del buen trigo y de la cizaña (Mt 13, 24-30). La mirada de los criados se fija en el mal, ve las malas hierbas. La mirada del dueño del campo ve el buen trigo, la espiga que se encamina hacia la maduración. No arranquéis, dice, la mala hierba, porque podéis arrancar con ella el trigo. Y para mí el buen trigo vale más que toda la cizaña del campo.

La luz es más importante que la oscuridad y el bien vale más que el mal. Adquirir esta mirada, que ve las heridas y que salva el asombro: ojos de lámpara (Mt 6,22) que no solo ven, sino que son como una lámpara, que proyectan luz, que ilumina en cada uno el bien, lo positivo, el verano perfumado de frutos, el otoño cargado de colores, que se posa sobre los talentos y que no hace coincidir a ninguno con sus sombras.

Ante las heridas de la vida algo de nosotros quisiera no mirar, cerrar los ojos y volver la cabeza. Como hacen los falsos discípulos: “Señor, ¿Cuándo te vimos hambriento, sediento o desnudo?” (Mt 25,44). Han mirado sin ver, no han tenido ojos para ver las heridas del mundo. Ciegos de corazón. “A nosotros, en cambio, nos importa la mirada”.

 

ACERCARSE

 

Y no “pasar de largo” como el sacerdote y el levita de la parábola. Más allá no hay nada y mucho menos Dios. La verdadera diferencia no está entre cristianos, musulmanes o hebreos, creyentes o no creyentes, sino entre quienes se acercan y quien no se detiene ante las heridas y pasa de largo.

Nuestra vida no conoce tregua: es una carrera, una escalada sin descanso, hasta el punto de que a menudo el alma se nos queda atrás suspirando. ¿De qué te sirve escalar una montaña, o el mundo entero, si pierdes tu alma? Podríamos preguntarnos también nosotros: ¿adónde vas? ¿No sabes que el cielo está en ti?

Ya he hecho mucho por este mundo cuando interrumpo mi carrera y me pone a decir “gracias”. Pararse al lado de la vida. Dice Dostoievski: “Ama la vida más que su lógica, sólo entonces entenderás su sentido”.

O san Juan en el prólogo de su evangelio: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1,4). Es algo extraordinario: la vida es la luz de las personas. ¿Quieres luz? Párate y observa la vida.

Si has pasado una sola hora asumiendo el dolor de una persona, eres más sabio y conoces más que el que ha leído todos los libros. Serás sabio de la vida.

Pero la vida se revela sólo a aquellos cuyos sentimientos están vigilantes. En la tierra todo nos llama y nos interpela, pero tan levemente que pasamos mil veces sin ver nada. Caminamos sobre joyas y pisoteando tesoros sin darnos cuenta.

Ermes Ronchi.