MARÍA, LO FEMENINO Y EL ESPÍRITU SANTO

 

MARÍA, LO FEMENINO Y EL ESPÍRITU SANTO

 

 

Dios te salve, María llena de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Nuestra cultura está plena de una inmensa sed de emancipación y de un hambre acuciante de liberación. Sí hacemos una lectura religiosa de la historia, descubriremos en estos movimientos la irrupción del Espíritu Santo, porque allí donde esté se hace presente, allí fecunda la libertad.

La mujer y lo femenino que de ella se deriva se han visto relegados durante siglos a desempeñar una función subordinada en la comprensión del ser humano y en la organización de la sociedad.

Sin la integración consciente de lo femenino, seguiremos siendo más pobres de lo debido. Hoy día, a pesar de todo, comprendamos lo urgente que es la liberación de la mujer y la superación de aquellos prejuicios que impiden que salgan a la luz ciertas riquezas que sólo la mujer puede aportar a las búsquedas humanas. Por eso hay en el proceso de liberación de los hombres algo sagrado que amplía el espacio en el que cada cual puede revelar la fecundidad propia del ser varón y del ser mujer, dentro de un enorme respeto y apremio de identidad de cada sexo.

La liberación no significa un proceso de venganza histórica o de rivalidad de los sexos. Significa, más bien, la acción que libera la libertad de unos y de otros superando los mecanismos de dominación y abriendo los caminos que van del corazón de mujer al del varón, y viceversa. De este modo, todos crecemos hacia el reino de una más fecunda libertad.

Cuando rezamos a María no podemos olvidar este trasfondo último del misterio que ella encarna y del significado que asume para todos los seres humanos en su dimensión de feminidad, no sólo para las mujeres, sino también para los varones.

 

LO FEMENINO: CAMINO HACIA DIOS Y DE DIOS.

 

María revela y concretiza históricamente determinados valores, dimensiones humanas y promesas que nos dan una cierta idea de lo que es el misterio de Dios. Sin ella conoceríamos menos de Dios. Ella es el camino hacia Dios, y lo es de un modo propio e insustituible. Siempre que se margina a la mujer en la Iglesia, se perturba nuestra experiencia de Dios; nos empobrecemos y nos cerramos y nos cerramos a un sacramento radical de Dios; y al mismo tiempo reprimimos en nuestro interior una profunda dimensión que existe y actúa en cada ser humano, y es bien cierto, con diferentes densidades y concreciones en cada sexo.

La mujer y lo femenino son también caminos de Dios en su búsqueda de encuentro con el ser humano. Además del rostro paterno, Dios posee también un rostro materno. La plenitud del hombre se expresa en un sentido totalmente amparado en un seno materno e infinito. Sólo entonces tenemos la certeza de ser plenamente aceptados.

La fe cristiana presenta María como la gran imagen reveladora del rostro femenino de Dios. El Deseo de auto-donación de Dios se realizó en María con una plenitud que ya no admite una mayor superación.

El Espíritu Santo vino efectivamente sobre ella, y la contempló para que ella fuera su templo y su sagrario entre los hombres. Con ella se inicia el germinar de la vida divina. Por eso su fecundidad materna es también divina, pues quedó “embarazada del Espíritu Santo”; lo que de ella había de nacer sólo podía ser Hijo de Dios y Santo de la santidad del Espíritu Santo.

Todo esto es en realidad María y es, al mismo tiempo, promesa para todas las mujeres. María es un modelo original supremo que evoca el sentido último de todo lo femenino. Por eso las maravillas realizadas en ella por este Misterio desbordan la biografía de María y abarcan lo humano en su dimensión femenina. Y como lo femenino no es exclusivo de la mujer, sino propio de la naturaleza humana, dicha manifestación concierne también al varón.

 

Antología Mariana

Cuando el rezo

el Ave María

tiene sentido.

 

Misterio profundo e insondable

en todo penetra y reluce

su faz bondadosa e inefable…

¿Qué camino hacia El conduce?

En El desde siempre estamos,

de su radio jamás salimos,

hacia El nunca caminamos,

su Luz nos abre a la luz.

Padre es su nombre: misterioso,

sol de luz y de calor.

Dos emisarios del etéreo:

El Espíritu y Jesús.

Jesús, la luz que nos guía;

Calor, el Espíritu Santo.

Calor y Luz son la vía

que al seno del Padre conduce.

En ellos la faz solar

del Padre bueno entrevemos:

Uno hizo de María su hogar,

otro se hizo carne en Jesús.

 

Ave María:

¡alegráte,

amada de Dios!

Las criaturas, condenadas a envejecer, fueron rejuvenecidas por medio de María.

                                                                                                         Jaime de Sarug,

                                                                                                                Obispo inglés (421-451).

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Llena de gracia,

la contemplada:

el verdadero

nombre de María.

Nos produce horror sólo pensar

que esta figura femenina,

destinada a aplastar un día

la cabeza de la serpiente,

hubiera sido vencida por ésta

y que, siendo Madre de Dios,

hubiera podido ser alguna vez

hija del demonio.

 Dionisio, Monje (+ 1471)

 

 

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Bendita eres

entre las mujeres

Te veo amorosamente representada

en mil imágenes, ¡oh María!

mas ninguna de ellas es capaz de representarte

tal como mi alma te ve .

Novalis.

 

 

BENDITO EL FRUTO

DE TU VIENTRE,

JESÚS

¡Oh, Virgen Madre! Ojalá tu Hijo nos conceda

que, a imitación de tu santísima vida,

podamos concebir al Señor Jesús

en lo más íntimo de nuestra alma.

Y, una vez concebido,

que jamás lo perdamos.

 

                                     Erasmo de Rotterdam

 

 

Santa María:

la santidad del

Espíritu Santo

en la historia.

 

Así como quien se pone

bajo una cascada

se moja de pies a cabeza,

así también la virgen, Madre de Dios,

fue enteramente ungida

por la Santidad del Espíritu Santo,

que descendió sobre ella.

Y desde entonces ella acogió

Al Verbo de Dios,

que comenzó a vivir

en la perfumada cámara

de su seno virginal.

Teodoro de Ancira (+446)

 

 

Madre de Dios:

el Espíritu y lo Femenino

 

  La mujer concibe. Como madre, es

de la mujer que aún no es madre.

Durante nueve meses lleva en su cuerpo

las consecuencias de una noche. Y algo crece.

Algo crece en su cuerpo, y de su cuerpo ya no

va a desaparecer. Porque ella es madre.

Y sigue siendo madre aunque el niño muera

o mueran todos los niños, porque ella ha llevado

el niño bajo su corazón, y después, cuando

el niño nace, ella sigue llevándolo

en su corazón.

Y de su corazón jamás desaparecerá,

aun cuando haya muerto el niño.

Todo esto no lo conoce el hombre.

No tiene ni idea de ello.

No conoce la diferencia entre el antes

y el después del amor. Sólo la mujer lo sabe,

puede hablar de ello y dar testimonio.

                                               Texto abisinio.

 

Ruega por nosotros,

pecadores, ahora

y en la hora

de nuestra muerte.

 

Entre los males, Señora, en que me envuelvo

por tu nombre ansiosamente clamo

y a entregarme en tus brazos me resuelvo

con alma herida y cuerpo quebrantado.

Pues donde quiera que mis ojos vuelvo,

la seductora imagen del pecado

aprieta con tentáculos de hierro

mi pobre corazón contaminado.

Bien sé yo que tus gracias no merezco.

Más nunca iría a ti si tú, Señora

no fueras la Madre en quien yo pienso.

¡Abre, despliega tus alas protectoras,

que vengo muerto de los males que padezco,

seguro abrigo de almas pecadoras!

 

                                    Fray Roberto P. Lopes

                                             Jardín Fechado,

                                    Petrópolis 1952, p. 44.

 

Amén.

 

                              Ave María,

                              grávida de las aspiraciones de nuestros pobres,

                              el Señor es contigo,

                              bendita eres entre los oprimidos

                              y benditos son los frutos de liberación

                              de tu vientre.

                              Santa María, madre Latinoamericana,

                              ruega por nosotros, para que confiemos

                              en el Espíritu de Dios,

                              ahora que nuestro pueblo asume la lucha

                              por la justicia

                              y en la hora de realizarla en libertad

                              para un tiempo de paz.

                              Amén.

                                                             Fray Betto.