NAVIDAD EL PROYECTO DE DIOS

  

 

             Cierto día en la plenitud de los tiempos, cuando había expirado el plazo de la espera, Dios se acercó a una virgen totalmente pura. Tocó mansamente a su cuerpo. Pidió morar y vivir en la casa de los hombres. Y María dijo que sí. Porque había lugar para El en su hospedaje, el Verbo se hizo carne en el Seno de la Virgen. Y la vida divina comenzó a crecer en el mundo. Y he aquí que en una noche se completó el tiempo. En el silencio de la gruta, porque no había lugar para ellos en el hospedaje de los hombres, entre el patear del asno y el mugir del buey, nació Dios. Aquel a quien nadie había visto jamás, aquel a quien los hombres suplicaban: Señor, muéstranos tu rostro, se mostró así como es. Permaneciendo el Dios que era desde siempre, asumió el hombre que no era antes. ¡Es el misterio de la noche bendecida de Navidad!

Pongamos atención a la forma: Dios no se quedó en su misterio indescifrable; salió de su luz inaccesible y vino hacia las tinieblas humanas. No permaneció en su omnipotencia eterna; penetró en la fragilidad de la criatura. No atrajo para dentro de sí la humanidad; se dejó atraer hacia la humanidad. Vino para ser diferente de lo que era; se hizo aquello que no era desde la eternidad.

He pasado por Belén de Judá y he oído un tierno susurro. Era la voz de María que arrullaba a su hijo: “Sol, hijo mío, ¿cómo voy a cubrirte con pañales?, ¿cómo voy a amamantarte a ti, que alimentas a toda criatura? ¿Cómo puedo soportar el verte en mis manos a ti que contienes todas las cosas?” Y José, perplejo, exclamaba: ¿cómo se puede hacer esto? ¿Cómo puede tener forma de criatura aquel que ha dado forma a todos los seres? ¿Cómo puede hacerse pequeño en la tierra aquel que es grande en el cielo? ¿Cómo puede un establo contener a aquel que contiene todo el universo? ¿Cómo pueden sus bracitos estar envueltos en pañales si su brazo gobierna el cielo y la tierra? ¿Cómo puede?

Y desde entonces apareció en el pesebre “la bondad y el amor humanitario de Dios, nuestro Salvador” (Tit, 3,4). Dios se abaja, se hace mudo, se convierte en hombre. No es solamente el Dios de quien se cantaba: grande es nuestro Dios, sin límites es su poder. Ahora Él se muestra así como es: ¡pequeño es nuestro Dios, infinito es su amor! Porque es infinito su amor, se aproximó a nosotros.

No temió a la materia, no vaciló en acoger la condición humana, a veces trágica y, en muchos aspectos, absurda. ¿Quién podría imaginar que Dios se hiciese hombre de esa manera? A nadie es desconocida la condición humana. A pesar de su bondad fundamental, el hombre no deja de ser también un ser fracasado en la historia. Puede ser un loco para el otro hombre y una máquina autodestructora para consigo mismo. Cada cual sabe por experiencia propia: es difícil soportarse a sí mismo con valentía; más difícil aún es abrirse a los demás, auscultarlos y tratar de amarlos así como son en sus estrecheces y limitaciones. Y con todo Dios quiso hacerse hombre.

Todos estamos tan cansados de oír y de decir –el Verbo se hizo carne- que llegamos a no reflexionar lo que esto significa. Él quiso ser realmente como uno de nosotros, como tú, como yo, menos en el pecado: un hombre limitado que crece, que aprende y que pregunta; un hombre que sabe oír y que puede responder. Dios no asumió una humanidad abstracta, de animal racional. Asumió desde su primer momento de la concepción un ser histórico, el Jesús de Nazareth, un judío de raza y de religión, que se formó en la estrechez del seno materno, que creció en la estrechez de una patria insignificante, que maduró en la estrechez de una pobre ciudad del interior, que trabajó en un medio limitado y poco inteligente, que no sabía griego ni latín, las lenguas de la época, que hablaba un dialecto, un aramaico con acento galileo, que sintió la opresión de las fuerzas de ocupación de su país, que conoció el hambre, la sed, la tristeza, las lágrimas por la muerte del amigo, la alegría de la amistad, la nostalgia, el temor, la tentación y el pavor de la muerte y que pasó por la noche oscura del abandono de Dios.

Todo eso Dios lo asumió en Jesucristo. No se escapó de nada, asumió todo lo que es auténticamente humano y pertenece a nuestra condición como la ira justa y la alegría sana, la bondad y la viveza, la amistad y el conflicto, la vida y la muerte. Todo esto está presente en la figura débil del Niño que comienza a llorar en el pesebre entre el buey y el asno.

Navidad nos muestra de qué es capaz Dios. Puede hacerse realmente otro, un hombre como uno de nosotros, sin dejar de ser Dios.

Leonardo Boft.