MADRE DEL REDENTOR

 

 

Puerta de un Nuevo Amanecer

 

INTRODUCCIÓN

 

El pecado constituye siempre una violencia contra el sentido de la creación, por eso implica deshumanización y, en último término, perdida dela absoluta realización humana en Dios.

Es donde esta situación decadente de hijos rebeldes desde donde suplicamos a la Madre bondadosa: ruega por nosotros. Y así descubrimos a María como refugio de los pecadores, la Madre de todas las Misericordias.

Nada como el corazón de una Madre para perdonar y reconducir a los hijos al buen camino. Y dado que María es verdaderamente mujer y madre, dado que el Espíritu de todas las gracias y toda vida nueva ha tomado en ella forma humana, podemos hablar de las relaciones de perdón y de conversión que por su mediación llegan a los mortales, a lo más profundo de los corazones. Así como Jesús anunciaba a un Padre que buscaba la oveja perdida y esperaba al hijo pródigo, así también María es especialmente Madre de los hijos descarriados. María es Redentora porque ella nos dio al Redentor, con el Sí de la Encarnación.

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HOMILÍA

Se trata de que, sin mentir, contemplemos la realidad del pecado y de la redención. La realidad no toda es mala. Nunca ha habido en la historia, en el mundo, un momento de desierto de Dios. No ha habido un momento de pura perdición, de pura condenación.

Se trata de que veamos hoy, la fragilidad del hombre, la finitud del hombre, la mala voluntad del hombre que escoge al margen de la voluntad de Dios y pervierte la Historia. Y hay un proceso terrible de perversión. Proceso que perdura en nuestros días. Y es cierto que la historia si no es sólo negra, tampoco es cierto que la historia es sólo rosa, que sea la historia de la inocencia o de la ingenuidad.

El hombre es frágil. Existe el peligro de escogerse a contrapelo de como Dios lo quiere con objetividad, porque Dios lo quiere hombre, le quiere creatura reconocida, le quiere hermano, y tiene el peligro de escogerse en una historia pervertida, en una historia mal hecha. Procurar interiorizar esto porque entonces tomará carácter propio la muerte redentora de Cristo y el papel que juega la Virgen María como Madre del Redentor.

¿Qué quiere decirnos y recordar Hoy la Madre del Redentor a nosotros sus Hijos? Que el pecado ha consistido siempre, desde el principio, en la envidia fratricida, y a Ella, como Madre, le duele esta situación. Ella nos quiere hacer ver como al hombre lo que le corrompe es el tener. Porque quiere tener, se distancia del hermano, hace desaparecer al hermano, cobra envidia del hermano, desatiende la causa del hermano, hace desaparecer al hermano.

La Virgen como Madre del Redentor nos indica que el hombre al tener rompe la unidad fraternal y hace asechanzas de su hermano. Esta es una historia que pasa en nuestros días, en este mundo que llamamos culto, en este mundo que creemos a veces tan plagado de valores morales, vivimos, tanto en la esfera social pública como privada, de la envidia fratricida. Y el Papa Francisco acaba de poner el dedo en la llaga, cuando habla de la idolatría que genera la envidia fratricida. Dice el papa: “La Idolatría es una inclinación humana que afecta a los creyentes y ateos, y priva a la gente de Vida y de Amor a cambio de la esclavitud de sueños no realizados. “No tendrás otros ídolos delante de mí” dijo Dios al pueblo elegido a la salida de Egipto.

LOS ÍDOLOS QUITAN LA VIDA Y ESCLAVIZAN.

 

Ídolos que se venden en supermercados con objetos. Estas tentaciones “prometen felicidad, pero no la dan, y uno se encuentra viviendo por esa cosa o esa visión, esclavizando en un torbellino autodestructivo en espera de un resultado que no llega nunca. De esta dinámica se sirve, por ejemplo la publicidad, no veo el objeto en sí, pero percibo ese carro, ese celular, como un medio para realizarme y responder a mis necesidades existenciales.

Aunque la riqueza, la fama, la belleza, el poder son distintos a los ídolos de los tiempos antiguos, todos requieren “un sacrificio humano. La belleza frecuentemente lleva al sacrificio humano. ¡Cuánto dinero y tiempo en los centros comerciales!

Los cristianos como todos los demás pueden ser afectados por el “supermercado de los ídolos, del mundo dependiendo de los bienes terrenales en vez de los bienes espirituales ofrecidos por Dios a través de la oración. La idolatría marchita y mata la vida y el amor. Dejad los falsos ídolos: Sólo Dios ofrece la verdadera esperanza y alegría”.

Ahora voy a dar aparentemente un salto lírico. Para comprender la misión de María como Redentora hay que justificarlo teológicamente con el juicio y muerte de Jesús como liberador y Redentor de todos los pecadores: Redentor del hombre. Redentor del mundo. ¿A qué precio su Redención?

El juicio de Jesús, en primer lugar, de los poderes inhumanos, de la envidia fratricida que aprisionan y trituran al justo. Los poderes inhumanos que existen separados de Dios y que rompen al justo. Es estremecedor, pero es así. Por nuestra concupiscencia y pecado estamos en un mundo lleno de trampas.

No podemos hacer de la muerte de Cristo un hecho sentimental. Dios, en Cristo juzga al mundo. El gran aviso de Dios es este: “Mirad lo que habéis hecho con vuestros hermanos”. “Mirad lo que habéis hecho con vuestros mismos”. “Mirad vuestra situación y ved que habéis hecho de mí”. La gran protesta de Dios es la cruz de Cristo. En el lenguaje de Pablo: “El gran juicio de Dios es la cruz de Cristo.

Y primero un juicio de justicia, juicio duro. Y, por eso, el ejemplo macabro del viernes santo, la dureza de ese medio día que se oscurece el sol y se rompen las piedras.

Realmente Dios no está para bromas. A Cristo no le gusta lo que hace el hombre con el hombre. Y la terrible forma de vengarse es lo que hacen con su Hijo. San Ignacio dirá: “Por mis pecados va el Señor a la pasión”. Esa muerte de Jesús hay que llegar a comprenderla en esta dimensión, porque de lo contrario hacemos de ella una muerte gelatinosa.

Y Dios va a perdonar los pecados de la humanidad, pero no sin juzgar, no sin protestar de esa historia mal hecha, de esa historia demonizada, de esa historia de la muerte del hermano por el hermano.

La cruz es como el Monumento a esta sed de justicia y de transformación en el mundo. Jesús quiere el ingreso del hombre en Dios. Desde la muerte de Cristo se atreve a llamar a ese misterio insondable de la existencia que es Dios: lo llama Padre, porque es un misterio de paternidad. No es la nada, sino que es la Patria para todo hombre que no rehúye el Perdón y el Amor de Dios. Así es como Jesús ha abierto un horizonte de Paz y Esperanza.

La Historia puede decirlo Jesús desde su propia vida bien drástica no es la historia de un ingenuo; la historia últimamente tiene sentido, desde su última dimensión desde el Padre.

Esta es la garantía de Cristo en la Cruz, que la vida humana termina en el Padre, que Dios la redime en el Redentor y que Dios la ama. En Cristo se reconcilian todas las cosas y todos los hombres. Este es el precio de la Redención.

Y ahora sí, ¿qué papel juega la Virgen María en esta historia? Nada más y nada menos que la Madre del Redentor.

María estuvo presente en toda la Historia de la Salvación. María supo estar al pie de la cruz de su Hijo. No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie a su lado. Con esa postura manifestó su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos una vez la envidia fratricida, el orgullo y la soberbia tratando ser Dios sin Dios, con María nos hará bien “estar más en la oración” según San Ignacio, buscando en el rezo del Rosario, crecer más en el Espíritu de reconciliación, de amor, de confianza.

Hay un hilo conductor en las diversas apariciones de la Virgen María donde la Madre de Dios se revela como Madre del Redentor: Tu que eres el refugio de los pobres pecadores acompáñanos a los pies de vuestro divino Hijo, consíguenos el perdón de nuestras faltas” En cada aparición surgen ciertas singularidades y preferencias piadosas dentro del mensaje sustancial y común: en la forma de rezar el santo rosario, peticiones, letanías, etc. Todo ello merece mucho cuidado y respeto en la fidelidad al mensaje de María.

En todo ello debemos procurar crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. Ella, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos como hemos de desterrarnos ante la exigencia de procurar la reconciliación de todos los pueblos, del sufrimiento de los inocentes, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María, orar con el Santo Rosario, como una excelente arma para desbaratar las tentaciones del maligno es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo.

Continuemos la Eucaristía en acción de gracias por tanto bien recibido con esta plegaria: “Entra Jesús en nuestros pensamientos, para que se abran todos los lugares secretos de nuestros corazones, y entréis para ofrecer nuestras vidas como Señor y Salvador. Amén”.

Álvaro Lacasta,s.j.