LA ADORACIÓN DEL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS

LA ADORACIÓN DEL CORAZÓN EUCARÍSTICO DE JESÚS

 

 

 

 El Corazón de Jesús comenzó a latir en armonía con el Corazón Inmaculado de María en las entrañas de la Santísima Virgen. El Corazón de san José, “custodio de los Corazones de Jesús y María”, en unión con el Corazón de María fueron los primeros adoradores del Corazón de Jesús en el seno virginal de María, en la noche de Belén, durante toda su vida mortal y eternamente en el Cielo. Pues bien, el Corazón de Jesús palpita escondido en la Hora Santa. Jesús mismo, verdadero Dios y verdadero hombre, está ahí, vivo, real y sustancialmente presente bajo las especies consagradas del pan y vino.

Jesús, sin embargo, no viene a quedarse en el copón y  en el cáliz, quiere venir a nuestro corazón, como nos enseña santa Teresita. Es una llamada universal, a todos: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54). Eso sí, debemos estar bien dispuestos para recibir a Jesús.

El Señor “nos ama hasta el extremo” y “permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Así, en el sacramento de la Eucaristía se renueva el sacrificio redentor de Cristo, su pasión, muerte y resurrección. En palabras de san Pío de Pietrelcina: “En la Misa está todo el Calvario”. Por la invocación al Padre para que haga descender el don del Espíritu y por la proclamación eficaz de las mismas palabras de la institución eucarística pronunciadas por el sacerdote que actúa in persona Christi capitis, lo que antes era pan y vino se convierte en el cuerpo y la sangre de Jesús, es el misterio de la Transubstanciación, esto es, los accidentes permanecen y la sustancia cambia.

Ese amor sin límites debe suscitar en nosotros el amor como respuesta. Amor con amor se paga. Pero ¿cómo podemos corresponder a ese amor? La cima de nuestro amor ofrecido junto al de Cristo en su pasión y muerte, seguros de que así llegaremos a la resurrección con Él. En otras palabras: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Nuestro amor a Dios se manifiesta diariamente aceptando su voluntad, conformando nuestra voluntad a la suya, es lo que Claudio De La Colombière denomina “el abandono confiado a la Divina Providencia”.

Otro modo de amar a Dios que se encuentra perfectamente entrelazado con el amor en la prueba, amor hasta la muerte, y el amor que se abandona confiadamente a la Divina Providencia, es el amor de Jesús cuando le adoramos. Precisamente en esta comunicación se tratará de este amor a Cristo-Amor-Eucaristía que intenta corresponder al amor infinito de Dios. La adoración  del Corazón de Jesús presente en la Eucaristía comienza en la Santa Misa y se prolonga ante Jesús expuesto en la custodia o reservado en el sagrario. Acudiendo a Jesús sacramentado, le consolamos, según el carisma del beato  Francisco Marto, y también reparamos nuestros pecados y los del mundo entero, siguiendo el carisma de la beata Jacinta Marto, al tiempo que le bendecimos, le agradecemos por todos los dones y le pedimos lo que necesitamos. Le tratamos como nuestro Redentor y amigo, de Corazón a corazón. Dios que se hace hombre por nosotros, que está vivo en la Eucaristía, tiene sed de nuestro amor, tiene sed de almas, tiene sed de que le conozcamos a Jesús, segunda persona de la Santísima Trinidad, y al Padre, que con el amor infinito en el Espíritu Santo.

El encuentro con Jesús-Eucaristía debe también llevarnos a amar al prójimo, especialmente al más necesitado, incluso al enemigo y, si es voluntad de Dios, pagándolo con la propia vida.

Joxe Mari Azcoaga Lasheras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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