ASÍ MUERE UN JUSTO

   

IGNACIO DE LOYOLA

“Sic Moritur Iustus” – Así muere el justo

+31 de julio de 1556

 

 

Ignacio no se cerró sobre sí ni buscó nada para sí; cumpliendo su programa sí buscó todo para su obra, porque deseamos para lo que queremos lo que no nos atreveríamos a desear para nosotros mismos. Hizo humildemente su camino, sin excesivos planos seguridades o sistemas: “hemos andado como quiera”.

El último tramo del peregrino solitario y callado.

Un camino para otros, porque el suyo personal se acercaba a término. Ignacio comenzó el año 1556 con muestras de declive. Su temple ante el dolor y la salud quebrantada escamoteaba la realidad y probablemente tenía razón el viejo Padre Diego de Eguía, que también moriría pronto, para asegurar que Ignacio vivía de milagro. Ya no tenía razón para vivir, si por ello hemos de entender la realización de una existencia, de las aspiraciones fundamentales. Sólo tenía razones para seguir trabajando hasta el final, consagrado a los mil y un asuntos de la Compañía, no asimismo los dolores de la calculosis biliar se hicieron más existentes y continuos, y a ellos se añadió una fiebrecilla constante. En enero no pudo celebrar la misa. Sus escasas horas habituales de sueño se vieron perturbadas por las molestias. Comía y cenaba en la cama. En su mente el más abigarrado abanico de asuntos.

Ignacio está en todo y sigue dictando cartas, unas setecientas en los últimos siete meses de vida. Lo cierto es que Ignacio seguía llevando peso, dignidad y mando y su última carta lleva fecha del 23 de julio.

Es verdad que a principios de este mes decidió abandonar Santa María de la Strada, situada en el centro de la ciudad, encomendando el gobierno de la Compañía a los PP. Madrid y Polanco Quiso afrontar los calores de la canícula en la casita del campo del Colegio Romano, cercana a las Termas Antonianas, domésticamente llamada la viña. Los aires del campo y el verdor circundante parecieron proporcionarle una mejoría, que pronto se mostró ilusoria. Pasada la fiesta de Santiago volvió como pudo a su vieja mansión para acabar allí su largo camino terrenal.

Acaso aquellos días le embargó el presentimiento de la muerte. Algo empezaba a fallar en aquel roble duro y resistente para que el 29 pidiese que le visitase el médico, mucho más preocupado con la enfermedad de Laínez y de otro enfermo de la misma casa. La verdad es que las cosas se precipitaron impensadamente y de las cartas que salieron de Roma comunicando la muerte de Ignacio se desprende una clara sensación de estupor, de sorpresa, casi de decepción. Privados inesperadamente de la “amorosa presencia” de quien podía tener sucesores, no sustitutos, les embargaba una extraña sensación de sentimiento de dolor, de lágrimas de devoción, de esperanza, y serena alegría entremezclados. Pro el “santo viejo”, como se le llama en una de ellas, se les fue de las manos, casi sin darse cuenta. Es el destino de quienes han sido, y parecen han de ser, sempiternos enfermos que vencen siempre sus achaques y los encubren o disminuyen con resistente fortaleza e íntimo pudor. En Roma imperaba el calor del mes de agosto, agotador y temible. Para colmo se le aplicó al enfermo una cura elemental de ventanas cerradas e innumerables mantas, que no hizo sino aumentar el sudor y el desfallecimiento. Cuando otro galeno cambió el medicamento, aligeró de ropa al enfermo y aireó la estancia, ya era demasiado tarde. Ignacio delicadísimo enfermero era un obedientísimo paciente que se sometía, como un cadáver a las precipitaciones médicas. Silencioso y discreto hasta la muerte.

Aprovechó la ausencia del enfermero, para encomendar secretamente a Polanco una misión alarmante: fue hacia las cuatro de la tarde del 30 de julio. El enfermo deseaba que Polanco acudiese al papa Paulo VI para decirle que “estaba muy al cabo y casi sin esperanza de la vida temporal” y suplicarle le diese su bendición para sí y para el Padre Laínez, que también estaba en peligro de muerte. Era todo un gesto. La súplica postrera de Ignacio era como una manera de protestación oficial de su comunión con la Iglesia, “verdadera esposa de Jesucristo”.

Por una vez Ignacio tiene prisa y remacha su petición con palabras sobrecogedoras en quien tanto las media y no las decía ociosas: “Yo estoy que no me falta sino expirar”. Increíblemente el fiel Polanco no las tomó demasiado en serio y pensó que Ignacio exageraba las cosas. Así quedaba Ignacio solo ante la muerte, sin que lo advirtieran los demás, silencioso y sufrido.

A esta última noche, favorecido de esas horas de misteriosa mejoría que a veces preceden a la muerte, pareció cenar mejor que de costumbre y, platicó con sus compañeros. Luego se acostó. El hermano Cannizaro observó que se agitaba algo y que luego se sosegó. Desde su habitación contigua pudo oír algunos gemidos durante la noche. Nos consta que dijo una palabra la más universal e intransferible: “Ay, Dios” “Jesús”. Gemido, súplica, abandono, rendición suprema, esperanza.

En la primera visita tras el alba, encontraron a Ignacio en trance de expirar. Polanco salió de prisa hacia el Vaticano para cumplir el encargo de la tarde anterior. Volvió con la suplicada bendición, pero Ignacio había muerto hacia las siete de la mañana, pensando como Teresa de Jesús: “Al fin, muero hija de la Iglesia” Morir… algo tan sencillo como vivir, tan natural como el espectáculo cotidiano que ofrecen los humanos y que tan sosegadamente lo describió en los Ejercicios. Ignacio moría solo, sin teatro, sin lágrimas ni compañeros a su alrededor, sin nombrar vicario, sin cerrar definitivamente las Constituciones, sin echar bendiciones, dar consejos de última hora, sin milagros, sin sacramentos ni bendiciones papales, sin la habitual recomendación del alma. Murió al modo común”, como apunta consternado un testigo.

Se hizo autopsia de su cuerpo. Cálculos y más cálculos, testigos mudos de sufrimientos ocultados, aparecieron en el hígado, riñones, pulmones, hasta en la vena aorta. La autopsia de su alma aún no ha concluido tras cuatro siglos y medio. ¡Ah!, y los pies… Si los de Goethe eran pulcros y bellos como los de una doncella, los de Ignacio estaban cuajados e recios callos, criados en todos los caminos de Europa para “ayudar a las almas”, una a una, por este peregrino, amigo de caminar “solo y a pie”.

La mascarilla mortuoria, el retrato precipitado después de la muerte, el sepelio de su cuerpo diminuto, al inmediata Congregación General y sus problemas, el escaso número de los profesos, el nombramiento del sucesor, las futuras beatificaciones, el altar riquísimo en el grandioso templo del Gesú romano, la escultura de Bernini, la amplia Iglesia de San Ignacio, la suerte de los colegios y de las misiones, las intenciones del Papa Paulo VI, de los reyes y príncipes, la grandiosa basílica de Loyola, las bendiciones y las injurias, las pruebas tremendas…todo eso… eran cosas para lo demás. El concluía su camino, dejaba una estela, un contagio, unos moldes, un tesoro de esperanzas, la seguridad de que Dios le había guiado y hecho todo: la Compañía de Jesús.

“La cristiandad, cobarde y desangrada, aprendió de ti la fuerza de olvidar el lamento”.

Hernández Carratalá.

“Así muere el justo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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