EL ARTE DE VIVIR Y DE MORIR

 

 

Creemos por la fe que la muerte no es el final de la existencia humana, sino la entrada en una condición de vida nueva y definitiva junto con todos los redimidos. Los fieles difuntos nos dan la certeza de que los hermanos difuntos todavía no purificados del todo pueden recibir ayuda y consuelo por medio de nuestra oración. Por eso dedicamos todo el día entero a la oración por los fieles difuntos.

 

HOMILÍA

 

No resulta fácil compartir el sufrimiento de otro. Lo importante es cumplir la voluntad de Dios. Esa voluntad es un designio de vida y salvación ofrecido a todo hombre, a través de Cristo a fin de que nadie se pierda. Para nosotros lo importante es responder con el libre consentimiento de la fe; quien cree en el Hijo de Dios tiene ya desde ahora la vida eterna, porque se adhiere a Aquel – Cristo – que es la resurrección y la vida, y sólo Él puede llevarnos más lejos del límite de la muerte.

Ante la muerte se impone el silencio de la muerte, que nos revela el lenguaje del amor en el diálogo de la eternidad, y que nos pone en comunión con Dios. Existe un vínculo-una unión muy fuerte entre aquellos que han dejado de vivir en el espacio y en el tiempo y los que nos encontramos viviendo en este mundo.

Si es verdad que la desaparición física de las personas queridas nos hace sufrir su lejanía, por la fe y la oración experimentamos una íntima comunión con ellos. Cuando parece que nos han dejado, en realidad ese es el momento en que siguen presente en nosotros, forman parte de nuestra interioridad, los encontramos en esa patria que ya llevamos en el corazón, allí donde habita la Santísima Trinidad.

San Pablo nos invita a vivir de una manera positiva el misterio de la muerte, haciéndole frente día tras día, aceptando la muerte como una ley de la naturaleza y de la gracia.

La muerte diaria se vuelve más bien como un nacimiento que desemboca en un amanecer luminoso.

Todos los sufrimientos, las fatigas y las tribulaciones de la vida presente forman parte de ese cotidiano morir, con el fin de pasar a la vida eterna.

Si vivimos así, cuando lleguemos al final de esta vida no veremos caer las tinieblas de la noche sino que aparecerá ante nosotros la luz eterna, el alba de la eternidad y tendremos la alegría de sentirnos una cosa con el Señor.

Después de una larga fatiga seremos plenamente de Dios y esa pertenencia será la visión cara a cara.

Álvaro Lacasta s.j.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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