INTENCIÓN POR LA EVANGELIZACIÒN: JULIO 2018

 

 

 INTENCIONES DE ORACIONES DEL SANTO PADRE CONFIADAS A LA RED MUNDIAL DE ORACIÓN

 

 

 

Por la evangelización: Los sacerdotes en su misión pastoral

 

“Para que los sacerdotes que viven con fatiga y en la soledad el trabajo pastoral se sientan confortados con la ayuda de la amistad con el Señor y con los hermanos”.

“Una presencia encarnada impone al sacerdote que tenga, por una parte, una actitud de apertura de corazón y de mente para conocer la realidad pastoral de su comunidad; y, por otra, que sea, de manera especial, sensible al sufrimiento de aquellos que viven cualquier experiencia de debilidad humana. El sacerdote ha de ser profundamente “humano”. Juan Pablo II dice que “la carta a los Hebreos subraya claramente la “humanidad” del ministro de Dios” Pastores dabo vobis, Exhortación Apostólica de Juan Pablo II, (1992). Efectivamente, ¿no es esta “humanidad” la que se afirma de Cristo, Sumo Sacerdote, cuando dice: “no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades”? (Hebr 4,15).

 

Esta actitud de “empatía” con la debilidad de los hombres no es un rasgo que se resalta por razones sociales o coyunturales, sino que pertenece a la misma naturaleza de la “consagración” y de la “misión” del pastor, porque difícilmente “podrían servir a los hombres si permanecieran extraños a su vida y a sus condiciones” (Presbyterorum Ordinis, Decreto del Vaticano II: (1965). El Papa, en diálogo con los sacerdotes, les dice que “es preciso conocer a las ovejas, tener relaciones humanas con las personas que nos ha sido encomendadas, mantener un contacto humano y no perder la humanidad, porque Dios se hizo hombre y así confirmó todas las dimensiones de nuestro ser humano” BENEDICTO XVI, Encuentro con sacerdotes de Italia (24/7/07)

Nadie duda que de la consagración y de la misión del sacerdote se deriva esta actitud de solidaridad con el que sufre. Sin embargo, el resaltarla, pastoralmente, se debe a la necesidad de fortalecer la conciencia y dinamizar el espíritu ante el riesgo y tentación de la “huida” de la cruz, que supone la empatía con el sufrimiento de los demás. Sólo con el apoyo en la fe podrá el sacerdote asumir su compromiso con los que sufren.

En efecto, el sacerdote “está llamado a ser siempre un auténtico buscador de Dios, permaneciendo al mismo tiempo cercano a las preocupaciones de los hombres” (Sacramentum Caritatis, Exhortación Apostólica de Benedito XVI (2007). No se puede perder de vista que el sacerdote está sometido a la misma influencia ambiental del “hedonismo”, “sensualismo” y “consumismo”, que caracterizan una sociedad materialista, y, por tanto, ha de estar vigilante para mantener una actitud de acogida, compasión, comprensión y misericordia con la debilidad humana; en definitiva, “los presbíteros deben vivir con todos con exquisita delicadeza, a ejemplo del Señor” (Presbyterorum Ordinis, 6). Más explícitamente y con una claridad pastoral excelente nos dice: “En el trato con los hombres y en la vida de cada día, el sacerdote debe acrecentar y profundizar aquella sensibilidad humana que le permite comprender las necesidades y acoger los ruegos, intuir las preguntas no expresadas, compartir las esperanzas y expectativas, las alegrías y los trabajos de la vida ordinaria; ser capaz de encontrar a todos y dialogar con todos” (Pastores dabo vobis, 72). ¿Qué otro sentido tiene el texto paulino cuando dice: “Alegraos con los que están alegres; llorad con los que lloran” (Rm 12, 15)?)

 

COMENTARIO PASTORAL

 

Al cabo de 20 años de vivir la Semana Santa en Roma informando sobre tres Papas, me siguen impresionando sus reflexiones sobre la traición de Pedro. Tres gigantes como san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco se examinan cada año sobre sus propios límites mirándose en el espejo de Pedro de Betsaida con el deseo de escarmentar en cabeza ajena. Francisco, que habla con más libertad, suele compartir su examen, como Obispo de Roma, en los encuentros con sus sacerdotes. Sus comentarios son paternos y fraternos, íntimos y muy espirituales.

A sus 81 años, contempla la negación de Pedro, su llanto y el momento de su segunda llamada, cuando responde junto al lago Tiberíades a la pregunta más importante de Jesús resucitado: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Y escucha, sorprendido, la confirmación de su mandato: «Apacienta mis ovejas».

 

Es, en palabras de Francisco, «el Pedro de la segunda llamada», menos confiado en sus fuerzas y más en las de su Maestro. El Papa lleva como cruz pectoral un Crucifijo en el que Jesús no aparece clavado sino como un pastor con una oveja sobre los hombros, pues «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas». El pasado 15 de febrero, en un encuentro con sus sacerdotes, Francisco les comentaba que «Dios nos llama todos los días, pero en un cierto momento de la vida, nos hace una segunda llamada fuerte. Es un momento de muchas tentaciones, en el que se hace necesaria una transformación».

Llega cuando el sacerdote es maduro o ya anciano, y todos los sentimientos de su juventud han desaparecido «como sucede en el matrimonio: ya no hay la emoción juvenil, pero permanece el gusto por la pertenencia», por pertenecer al otro. Para el sacerdote, «es el momento del primer adiós, y de aprender a despedirse para el adiós definitivo», pero es también el momento de la segunda llamada, más espiritual que la primera. Es «la edad de la sonrisa, de la mirada amable. ¡Qué hermoso cuando un confesor recibe al penitente con mirada amable! Es el momento del ministerio de escuchar, y de ofrecer un perdón sin condiciones. De dar testimonio de alegría». Es «el testimonio del vino bueno, generoso y alegre. Es regalar buen humor, pero con la sabiduría de Dios».

 

Juan Vicente Boo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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