Jesús me habla

ACUÉRDATE DE MÍ

 

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  CUANDO VENGAS COMO REY

   

Lucas pinta la escena de la coronación de Jesús con un admirable juego de perspectiva. En el fondo encontramos al pueblo, que está mirando; más cerca, los jefes y los soldados, a los pies de la cruz, burlándose de Jesús; en primer plano, los dos malhechores que hablan con él y, por último, sus palabras de salvación. El pueblo constituye el numeroso público que asiste al espectáculo. En relación con las frases dichas o los otros protagonistas, representa un motivo más para que el Rey decida responder a las peticiones que seguirán.

La primera es de los jefes que tientan a Jesús con la tercera de las argumentaciones de Satanás; le ponen a prueba recordándole que es el protegido, el amado, el ungido de Dios. Se mofan a partir de una realidad muy seria: la relación Padre-Hijo. Los soldados recuerdan el valor político del título de Mesías: un Rey dispone de poder; ya se lo había insinuado Satanás a Jesús en la segunda de las tentaciones, cuando intentó comprenderle con la posesión de todos los reinos de la tierra, no sólo de los judíos.

El malhechor colgado en la cruz al lado de Jesús presenta la tentación más fuerte, porque también él está sufriendo en la cruz junto a Jesús. La escena está cargada de sufrimiento: ¿Por qué el Salvador de los hombres que se ha conmovido ante los sufrimientos humanos no responde al grito de los míseros de la tierra? Esta es la más diabólica de las pruebas porque una vez más intenta romper la unión Padre-Hijo: “¿No eres Tú el Mesías?” Desaparece la palabra de Dios, la referencia a su voluntad; se afirma el instinto de supervivencia a toda costa.

Por último, la escena culmina en la inauguración solemne del reino en el hoy: El “buen ladrón” – como le llamamos tradicionalmente – roba el paraíso en el último instante de su vida confiándose a Jesús del mismo modo que éste se entregará confiadamente en los brazos del Padre.

El mundo y el universo pueden tomar del tesoro de Cristo la sabiduría necesaria para crear las condiciones fundamentales para la vida de todo ser vivo. La fiesta de Cristo Rey es, pues, la fiesta de toda criatura que no encuentra espacio en esta tierra porque está aplastada por lógicas que no responden a la verdadera sabiduría, lógicas de poder y de beneficios, lógicas que responden a la ley del más fuerte y no a la ley de perder la vida para que todos la tengan en abundancia.

 

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

 

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Te ruego escuches mi necesidad de expresarte a través de estas palabras la súplica de tu perdón:

    • Perdóname por mis pecados.
    • Perdóname por ser sordo a las necesidades de mis hermanos.
    • Perdóname por ser ciego al no ver la urgencia de mejorar lo malo que se encuentra en la humanidad.
    • Perdóname por mi inactividad por no mantener tu obra en la naturaleza.
    • Perdóname por dejarme engañar por las cosas materiales y no usarlas como ayuda para acercarme a Ti.
    • Perdóname porque aún no he aprendido a conciliar.
    • Perdóname por usar el don de la palabra que me diste para denigrar de mi prójimo en lugar de usarla para acercarme a él.
  • Recuerdo Señor tus sabias palabras “Por qué mirar el sucio que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo”, para así aprender a ayudar a mi prójimo y no ser destructor de lo que nos une.
  • Al perdonarme Señor por mis pecados, te pido me guíes trayendo paz a mi espíritu permitiéndome pregonar tu sabiduría ante mis hermanos.
  • Amén. 

 

 

 

ORACIÓN DE UN HOMBRE MEDIOCRE

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Señor hoy, quiero celebrar ese gran regalo que Tú nos haces a todos y a cada uno de los seres humanos y que es tu Espíritu Santo.

¿Por qué siento esta mañana con fuerza tan especial mi vacío interior y la mediocridad de mi corazón? Mis horas, mis días, mi vida está llena de todo, menos de TI. Atrapado por las ocupaciones, trabajos e impresiones, vivo disperso y vacío, olvidado casi siempre por tu cercanía. Mi interior está habitado por el ruido y el trajín de cada día. Mi pobre alma es como <<un inmenso almacén>> donde se va metiendo de todo. Todo tiene cabida en mí, menos Tú.

Y luego, esa experiencia que se repite una y otra vez. Llega un momento en que ese ruido interior y ese trajín agitado me resultan más dulces y confortables que el silencio sosegado junto a Ti.

Dios de mi vida, ten misericordia de mí. Tú sabes que cuando huyo de la oración y el silencio, no quiero huir de Ti. Huyo de mí mismo, de mi vacío y superficialidad. ¿Dónde podría yo refugiarme con mi rutina, mis ambigüedades y mi pecado?

¿Quién podría entender, al mismo tiempo, mi mediocridad interior y mi deseo de Dios?

Dios de mi alegría, yo sé que Tú me entiendes. Siempre has sido y serás lo mejor que yo tengo. Tú eres el Dios de los pecadores. También de los pecadores corrientes, ordinarios y mediocres como yo. Señor, ¿no hay algún camino en medio de la rutina, que me pueda llevar hasta Ti? ¿No hay algún resquicio en medio del ruido y la agitación, donde yo me pueda encontrar contigo?

Tú eres <<el eterno misterio de mi vida>>. Me atraes como nadie, desde el fondo de mí ser. Pero, una y otra vez, me alejo de Ti calladamente hacia cosas y personas que me parecen más acogedoras que tu silencio.

Penetra en mí con la fuerza consoladora de tu Espíritu. Tú tienes poder para actuar en esa profundidad mía donde a mí se me escapa casi todo. Renueva mi corazón cansado. Despierta en mí el deseo. Dame fuerza para comenzar siempre de nuevo; aliento para esperar contra toda esperanza; confianza en mis derrotas; consuelo en las tristezas.

Dios de mi salvación, sacude mi indiferencia. Límpiame de tanto egoísmo. Llena mi vacío. Enséñame tus caminos. Tú conoces mi debilidad e inconstancia. No te puedo prometer grandes cosas. Yo viviré de tú perdón y misericordia. Mi oración es hoy humilde como la del salmista: <<Tu Espíritu que es bueno, me guíe por tierra llana>>. (Sal. 142,10)

 

 

PARA  NUESTRA  ORACIÓN 

 

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Palos de tu fuerza, – Tú que los has creado,

Tú que eres el Salvador, – regalo del mismo Dios, –

fuente viva, fuego, amor, – dulzura y fuerza de Dios.

da luz a nuestros sentidos, – pon amor en los espíritus, –

llena de tu fortaleza – la debilidad de nuestras vidas.

Aleja nuestros temores, – concédenos la paz, –

haz que, guiados por Ti, – nos liberemos del mal.

Haz que conozcamos al Padre, – que comprendamos a Jesús, –

y que siempre creamos – en Ti, Aliento de la vida.

Demos gracias a Dios Padre – y al Hijo, Jesús resucitado, –

y al Espíritu vivificador, – por los siglos de los siglos.

 

 

PERMISO: VOY A TU MESA

61ESPIRITU SANTO

Voy a tu mesa, Padre, para darte gracias por tu Espíritu,

tu Viento que siempre me regalas.

Prepara mi espíritu para que me abra a tu viento.

Gracias, Padre por el Viento de Jesús, por tu Viento que me da vida.

Tú propio Viento llenó a Jesús y le hizo pan y vino para todos.

Pongo en tu mesa mi pan y mi vino, mi vida entera;

llénala de tu Viento, haz que sean pan y vino para todos.

Gracias por la eucaristía, Padre, que me haces sentir tu viento,

me mueve, me anima, me tranquiliza, me llama.

Gracias, Padre, por Jesús, nuestro Señor.

 

 

 

ESCUCHAMOS A CRISTO?

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 Se ha dicho que los hombres y mujeres de hoy, sumidos en una civilización inmisericorde donde mandan el dinero, el mercado, la competitividad, el fracaso de los débiles y el triunfo de los fuertes, corremos el riesgo de olvidar qué significa ser «humano». Cada vez nos parece más normal vivir para ganar, poseer y triunfar. ¿Quién va a pensar en crecer como persona y ser cada día mejor en una cultura donde parece prohibida la piedad, el perdón o cualquier signo de debilidad por el que sufre?

Estremece escuchar a ensayistas lúcidos como Jean Onimus cuando nos hacen ver cómo está emergiendo una sociedad mecanizada y sin espíritu que, arruinada por la sed alocada de consumo y esclavizada por su propia técnica, «hace callar a los poetas… transforma la música en estrépito, la danza en gimnasia deportiva, y el amor en proezas fisiológicas». Está emergiendo entre nosotros un hombre inteligente, hábil, organizado, pero sin corazón, sin conciencia y sin profundidad. Un hombre sin inquietud espiritual y sin preguntas. El «hombre ideal» para una sociedad perfectamente organizada y programada donde el principal objetivo es que la vida «funcione».

Sería, sin embargo, un error quedarnos en visiones catastrofistas. Es fácil apreciar ahora mismo el deseo creciente por encontrar una luz nueva. ¿Dónde hay un sentido, un ideal capaz de iluminar el horizonte? ¿Dónde podemos encontrar una utopía que nos mantenga en pie? ¿Quién puede hacer a este hombre más humano? ¿Quién puede despertar de nuevo la esperanza?

Las Iglesias no parecen responder a ciertas expectativas  del hombre moderno. Necesita hoy más que nunca escuchar a Cristo. Él es el único que puede decirnos algo nuevo y diferente.

Es difícil vivir sin escuchar una voz que ponga

luz y esperanza en nuestro corazón.

 

En definitiva, al final, soy yo el que tengo que recorrer mi propio camino y encontrar a Dios en mi vida. León Felipe lo describe poéticamente así:

«Nadie fue ayer,

ni va hoy,

ni irá mañana

hacia Dios

por este mismo camino

que yo voy.

Para cada hombre guarda

un rayo nuevo de luz el sol

y un camino virgen

Dios.»

RU LUZ