Lectura Orante

CORAZÓN DE JESÚS ROSTRO DE MISERICORDIA

 

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La misericordia del Corazón de Cristo en las enseñanzas de santa Teresita del Niño Jesús.

Si durante todo este año el Papa Francisco nos invita a profundizar en este atributo de Dios que es la misericordia, ¡qué mejor fecha para hacerlo –aún más intensamente- que los días alrededor del domingo de la Divina Misericordia! Una decena de entidades han decidido organizar el Congreso Cor Iesu,vultus misericordiae, y acoger esta invitación del Santo Padre para adentrarse en este misterio insondable. Lo harán siguiendo dos direcciones fundamentales: el Congreso de Cristo y las enseñanzas de santa Teresa de Lisieux.

Y ciertamente parecen ser rieles muy adecuados para este tren. Por la fe sabemos que Dios, Padre siempre providente, cuida amorosamente de su pueblo: que Jesucristo, solícito Esposo, no cesa de engalanar a su Esposa con joyas y regalos; que el Espíritu Santo enriquece sin medida con sus dones y carismas la Iglesia Santa de Dios. Sin duda, a lo largo de toda la historia, la Iglesia que peregrina en la tierra, ha recibido el aliento y alimento necesario en cada situación y circunstancia.

En los tiempos modernos, en los tiempos que vivimos, quizá podríamos señalar a tres grandes mujeres. Tres faros encendidos por el mismo Dios en medio de tanta oscuridad. Son tres místicas a través de las cuales nuestro Señor ha querido iluminar a la Iglesia: santa Faustina Kowalska, santa Teresita del Niño Jesús y santa Margarita María de Alacoque.

Por santa Faustina, monja polaca del siglo XX, la Devoción a la Divina Misericordia se ha propagado de una forma admirable en el pueblo de Dios. Con sus formas sencillas y concretas como la coronilla, la imagen o la fiesta que se celebra el domingo siguiente al de Resurrección, miles de almas se han introducido en el abismo de la misericordia de Dios. Al convocar el Papa un Año jubilar de la Misericordia ha secundado sin duda el soplo que el Espíritu Divino infunde a la Iglesia en nuestro tiempo

EL CAMINO DE LA INFANCIA ESPIRITUAL

Santa Teresita, carmelita del siglo XIX, fue agraciada con el don de entender y comunicar de una manera carismática el camino agradable a Dios: la infancia espiritual. Con razón fue pues proclamada doctora de la Iglesia por el Papa san Juan Pablo II. Son legión las almas pequeñas que han aprendido en la vida y escritos de esta santa el modo concreto de practicar las virtudes de la humilde pobreza, confianza audaz y amor total a Dios. Como niños en los brazos de su Padre. Al canonizar recientemente a Luis y Celia Martín, Francisco ha vuelto a poner nuestra mirada en el camino de la infancia espiritual.

Asimismo, Jesús eligió a santa Margarita, monja visitandina del siglo XVII para ser quien desvelara al mundo los secretos de su Sagrado Corazón, quejándose de la ingratitud de los hombres a tanto amor. Desde entonces, ¡cuántas personas, familias, asociaciones y naciones enteras se han consagrado a este divino Corazón! ¡Cuántas horas santas, cuántos sacrificios en reparación por los ultrajes que contra Él se cometen se han realizado en todas partes del mundo!

Vemos ahora mejor lo acertado de querer tratar sobre la misericordia desde el Corazón de Cristo que es su fuente, y según el camino de la infancia espiritual que es como el modo sencillo de practicarla en nuestra vida ordinaria. Dios en efecto se complementa maravillosamente en todos sus dones, y las luces que nos reportan unos pueden a su vez ser iluminadas y completadas por otros.

Juan Ignacio Orbe Jaurrieta.

 

 

 

19MUNDO CREADO

Rayos de Fe

Creador de las cosas visibles.

El mundo material no es malo, como lo sostenían diversas herejías anticristianas, sino que fue creado por Dios.

Y debemos aprovechar de este mundo no para quedarnos anclados en él y teniendo un apego desordenado a las cosas materiales, sino usando de todas las cosas que deben ser una ayuda y no un obstáculo para alcanzar el Paraíso.

Ya San Ignacio de Loyola decía que las cosas de este mundo nos deben servir para alcanzar el fin, que es el Cielo, y se deben utilizar cuando nos ayuda a lograr esto, y se deben dejar de lado cuando nos alejan del objetivo.

Hoy la humanidad, engañada por Satanás, cree que la felicidad está en poseer cosas materiales, olvidando así la capital importancia que tiene lo espiritual en el ser humano.

La felicidad está en tener una conciencia tranquila porque cumplimos los Diez Mandamientos y así estamos en gracia de Dios, es decir que tenemos a Dios habitando en nuestras almas, y todo lo demás es secundario. En cambio nosotros damos importancia excesiva a lo material, olvidándonos de nuestra alma que es lo más valioso que posemos, y por el pecado la entregamos en manos de Satanás, el gran Asesino que nos quiere arrastrar a su Infierno.

No nos dejemos engañar por las cosas materiales. Usémoslas pero como dice San Pablo, sin apegarnos a ellas y como si no usásemos de ellas, porque un día las tendremos que dejar, el día de nuestra muerte, y desnudos de todos los bienes materiales nos presentaremos ante el Juez eterno, solo con nuestras buenas y malas obras.

No olvidemos estas cosas y ¡felices de nosotros si las practicamos y estamos atentos y preparados para no dejarnos engañar y salir triunfadores!

No está mal tener dinero y tratar de tenerlo, siempre y cuando lo queramos tener para socorrer a los más necesitados y para hacer obras de caridad y misericordia, pues con ese dinero nos ganamos el Cielo y así le hacemos producir frutos de vida eterna y no de muerte del alma.

¿Pero hoy quién quiere tener dinero para esto? Solo se quiere tener mucho dinero para pasarla bien, para tener una vida cómoda y gozar cada vez más, incluso contra los Mandamientos. Esto es un grave error y, si estamos en él, tratemos de corregirnos, ya que es por nuestro propio bien temporal y eterno.

“¿Qué es la verdad?”

 

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En el fluir confuso de los acontecimientos hemos descubierto un centro, hemos descubierto un punto de apoyo: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad dirigida a todos: ¡Cristo ha resucitado!

Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, entonces todo el mundo se había vuelto completamente absurdo y Pilato hubiera tenido razón cuándo preguntó con desdén: ¿Qué es la verdad?” Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, todas las cosas más preciosas se habrían vuelto indefectiblemente cenizas, la belleza se habría marchitado de manera irrevocable. Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, el puente entre la tierra y el cielo se habría hundido para siempre. Y nosotros habríamos perdido la una y el otro, porque no habríamos conocido el cielo, ni habríamos podido defendernos de la aniquilación de la tierra. Pero ha resucitado aquel ante el que somos eternamente culpables, y Pilato y Caifás se han visto cubiertos de infamia.

Un estremecimiento de júbilo desconcierta a la criatura que exulta de pura alegría porque Cristo ha resucitado y llama junto a él a su Esposa: “Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven”.

 

 

 

LA VIDA CRISTIANA ES CONCRETA

 

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La religión cristiana es concreta, y obra haciendo el bien, no es una “religión del decir”, hecha de hipocresía y vanidad.

La vida cristiana es concreta, “Dios es concreto”, pero tantos son los cristianos que simulan serlo, los que hacen de la pertenencia a la Iglesia un adorno sin comprimo, una ocasión de prestigio en lugar de una experiencia de servicio hacia los más pobres.

El camino del hacer

La “dialéctica evangélica” existente entre “el decir y el hacer”. Destacó las palabras de Jesús, quien desenmascara la hipocresía de los escribas y de los fariseos invitando a los discípulos y a la multitud a observar lo que enseñan pero a no comportarse como ellos:

“El Señor nos enseña el camino del hacer. Y cuántas veces encontramos gente – ¡también nosotros! – tantas veces en la Iglesia: ‘¡Oh soy muy católico!’. ‘¿Pero qué cosa haces?’. Cuántos padres se dicen católicos, pero jamás tienen tiempo para hablar con sus propios hijos, para jugar con sus propios hijos, para escuchar a sus propios hijos. Quizás tengan a sus padres en una casa para ancianos, pero siempre están ocupados y no pueden ir a verlos y los dejan abandonados. ‘¡Pero soy muy católico! Yo pertenezco a aquella asociación’. Esta es la religión del decir: yo digo que soy así, pero estoy en la mundanidad”.

Lo que Dios quiere

Eso de “decir y no hacer” “es un engaño”. Las palabras de Isaías, indican qué es lo que Dios prefiere: “Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien”. “Socorran al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan la causa de la viuda”. Y demuestran también otra cosa, la infinita misericordia de Dios, que dice a la humanidad: “Vamos, vengan y discutamos. Incluso si sus pecados fueran como la púrpura, se volverán blancos como la nieve”:

“La misericordia del Señor sale al encuentro de aquellos que tienen el coraje de discutir con Él, pero discutir sobre la verdad, sobre las cosas que yo hago o aquellas que no hago, para corregirme. Y éste es el gran amor del Señor, en esta dialéctica entre el decir y el hacer. Ser cristiano significa hacer: hacer la voluntad de Dios. Y el último día  – porque todos nosotros tendremos uno! – aquel día, ¿qué nos preguntará el Señor? Nos dirá: “¿Qué cosa han dicho sobre mí?”. ¡No! Nos preguntará acerca de las cosas que hemos hecho”.

Los cristianos por simulación

Mateo sobre el juicio final, cuando Dios pedirá cuentas al hombre de lo que habrá hecho a hambrientos, sedientes, encarcelados, extranjeros. “Ésta  es la vida cristiana. En cambio, el sólo decir nos lleva a la vanidad, a aquel hacer de cuenta que somos cristianos. Pero no, no se es cristianos así”:

“Que el Señor nos dé esta sabiduría de entender bien dónde está la diferencia entre el decir y el hacer, nos enseñe el camino del hacer y nos ayude a ir por aquel camino, porque el camino del decir nos lleva al lugar donde estaban estos doctores de la ley, estos clérigos, a los cuales les gustaba vestirse y actuar precisamente como si fueran una majestad. ¡Y esto no es la realidad del Evangelio! Que el Señor nos enseñe este camino”.

 

ESCUCHAR LA VERDAD

 

la verdad

 

Es nuestra gran tentación. Reducir todo el horizonte de nuestra vida a la mera satisfacción de nuestros deseos y empeñarnos en convertirlo todo en pan con que alimentar nuestras apetencias.

Casi sin darnos cuenta, lo hemos convertido todo en pan. Nuestra mayor satisfacción y, a veces, casi la única es digerir y consumir comidas, artículos, objetos, espectáculos, libros, televisión. Hasta el amor ha quedado convertido, con frecuencia, en mera satisfacción y técnica sexual.   Corremos la tentación de buscar el placer fuera y más allá de los límites de la necesidad, incluso, con detrimento de la vida y la convivencia. Porque falseamos la vida y la empobrecemos cuando lo reducimos todo a mera utilidad y provecho.

Y, por otra parte, terminamos luchando por satisfacer nuestros deseos aun a costa de los demás, provocando así la competencia y la guerra entre nosotros. Debemos de ponernos en guardia ante las actitudes hedonistas de nuestra sociedad «que consisten en la búsqueda del placer por encima del deber, del servicio y del compromiso».

Nos engañamos si pensamos que es ése el camino de la liberación y de la vida. Al contrario, ¿no hemos experimentado nunca que la búsqueda exacerbada del placer lleva pronto al aburrimiento, el hastío y el  vaciamiento de la vida?

¿No estamos viendo que una sociedad que atiza nuestras apetencias de consumo y satisfacción, no hace sino generar insolidaridad, irresponsabilidad y violencia creciente?   Esta civilización que nos «ha educado» para la búsqueda del placer fuera de toda razón y medida, está necesitando un cambio de dirección que nos pueda infundir nuevo aliento de vida.

 Hay que «volver al desierto». Aprender de aquel Jesús que se negó a hacer milagros por pura utilidad, capricho o placer. Escuchar la verdad que se encierra en sus inolvidables palabras: «No sólo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios. Al escucharlas, nos damos cuenta de que no estamos vivos, que nuestra vida no es vida. Que necesitamos liberarnos de nuestra avidez, egoísmo y superficialidad, para despertar en nosotros el amor y la generosidad.

Necesitamos escuchar a Dios que nos invita a gozar creando solidaridad,  amistad y verdadera fraternidad.

J.A. PAGOLA.