Formación en el camino de la Oración

 

Una ley escrita en los corazones

 

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I PARTE

Esta insuficiencia había sido reconocida en el Antiguo Testamento, que constataba los numerosos fallos de la alianza del Sinaí (cf. 2 Cr 36,14-16). Pero en el momento de la crisis más grave Dios, con un oráculo del profeta Jeremías, se comprometió a poner remedio a esta deplo­rable situación, estableciendo una «alianza nueva», muy diferente de la primera, porque la ley ya no se grabaría en tablas de piedra, sino que se «escribiría en el corazón» (cf. Jr 31,31-34).

Una ley escrita en la piedra no podía asegurar una verdadera unión entre el pueblo y Dios, porque no cam­biaba en absoluto el corazón de las personas. Ahora bien, cuando el corazón es malo el único efecto producido por la ley -incluso por la ley más perfecta- es suscitar el de­seo de la transgresión. Es lo que observa san Pablo, en la Carta a los Romanos, cuando dice: «He conocido el pecado solo por medio de la ley. De hecho, no habría conocido la concupiscencia, si la ley no hubiera dicho: “No tengas concupiscencia”. Pero, llegada la ocasión, el pecado desató en mí, mediante el mandamiento, todo tipo de concupiscencia» (Rom 7,7-8).

Jeremías prometía una ley escrita en el corazón. Eze­quiel fue más allá, indicando un cambio más radical: al darse cuenta de que escribir una ley buena en un corazón malo era una solución insuficiente, anunció un cambio completo del corazón. Así, Dios dice en un oráculo de Ezequiel: «Te daré un corazón nuevo y pondré en voso­tros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el cora­zón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré mi espíritu en vosotros»             (Ez 36,26-27). Según la Biblia, el Espíritu es derramado en el corazón. El Espíritu Santo no puede entrar a un corazón malo (cf. Sab 1,4-5). De ahí la necesidad de tener un corazón nuevo.

 

 

 

El corazón de Jesús y la alianza nueva

 

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En estos dos oráculos maravillosos, ni Jeremías ni Eze­quiel dicen de qué medios se serviría Dios para establecer la nueva alianza.

Nos lo revela, en cambio, Jesús en la última cena, cuando toma el cáliz del vino, lo ofrece a los discípulos y dice: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre» (Lc 22,20; 1 Cor 11,25).

Las narraciones de Ma­teo y de Marcos no tienen la expresión «nueva alianza», pero cuando dicen: «Esta es mi sangre de la alianza que es derramada por muchos» (Mt 26,28; Mc 14,24) sugieren que se trata de una alianza completamente nueva, ya que previamente no se había fundado ninguna alianza sobre la sangre de un hombre que daba su propia vida por amor según la voluntad de Dios.

La institución de la eucaristía es verdaderamente re­veladora, y su mensaje es confirmado por otros textos y episodios.

Se revela que Jesús es el «mediador de la nueva alianza», como indica la Carta a los Hebreos (9,15; 12,24), y que su mediación fue el fruto del amor que llenaba su corazón. Juan afirma: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, l), es decir, hasta la posibilidad extrema del amor, porque «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

Por lo tanto, esta mediación es completamente distinta de los antiguos intentos de media­ción, que se servían de la sangre de animales inmolados (cf. Éx 24,8), y en donde el amor no tenía lugar alguno.

La institución de la eucaristía fue una victoria extraor­dinaria del corazón de Jesús sobre las fuerzas del nial y sobre la muerte, porque hizo presente anticipadamente su muerte cruel e injusta y cambió completamente su sen­tido, haciendo de ella un don de amor.

Así fijó la orien­tación de toda su pasión.  Este regalo de amor funda la alianza, ya que tiene una doble dimensión: es amor a Dios y amor a los hombres. Para que los apóstoles entendieran el significado de su inminente pasión, Jesús declara: «El mundo debe saber que yo amo al Padre, y como el Padre me ha ordenado, así actúo yo» (Jn 14,31).

Por otro lado, la eucaristía es un don maravilloso de amor hecho a los discípulos, porque Jesús «entregó»      (Mc 14,22) su cuer­po, sacrificado por ellos, y «dio» (Mc 14,23) su sangre, derramada por ellos, y así pudo decir: «Como el Padre me amó, así os he amado yo» (Jn 15,9). La fuente de este amor de Jesús a nosotros los hombres es su corazón, que es también, por lo tanto, la fuente de la nueva alianza.

 

 

El sacrificio nuevo que nace del corazón

 

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II PARTE

La institución de la eucaristía, juzgada según los criterios del antiguo culto, no tenía nada en común con un sacri­ficio ritual, y mucho menos con el acontecimiento del calvario, que se anticipaba en ella y al que estaba orientada. Ninguno de estos dos eventos se llevó a cabo en un lugar santo.

La ofrenda no se presentó en el altar del templo y, sin embargo, el don de amor realizado enton­ces por Jesús fue un sacrificio de alianza más auténtico que el del Sinaí, ya que las disposiciones de su corazón lo convirtieron en un acto de mediación perfecta entre Dios y los hombres.

Estas disposiciones eran las de un amor extremo hacia el Padre y hacia nosotros los hombres: el amor al Padre bajo forma de obediencia filial; el amor a nosotros los hombres bajo forma de compasión fraterna.

En Getse­maní, el corazón de Jesús manifestó su amor extremo al Padre, diciendo: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Así, Jesús «se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8). Al mismo tiempo, por amor misericordioso para con nosotros los hombres, «murió por nuestros pecados» (1 Cor 15,3), «nos amó y se entre­gó por nosotros» (Ef 5,2).

Estas dos disposiciones del corazón de Jesús represen­tan la superación de dos contrastes que existían en el An­tiguo Testamento: el contraste entre obediencia y sacrifi­cio ritual, expresado por Samuel cuando declara a Saúl: «Obedecer es mejor que el sacrificio» (1 Sm 15,22); y el contraste entre misericordia y sacrificio ritual, expresado por Dios mismo a través del profeta Oseas: «Misericor­dia quiero y no sacrificio» (Os 6,6; esta declaración será retomada dos veces por Jesús en el Evangelio de Mateo: Mt 9,13; 12,7).

Estos dos contrastes revelan claramente que lo que cuenta para Dios no es la abundancia de las ofrendas ex­ternas, sino la generosidad del corazón, que se manifiesta en las acciones.

El corazón de Jesús correspondió perfec­tamente a estas preferencias divinas: hizo de su muerte un acto muy generoso de obediencia al Padre y un acto de misericordia ilimitada hacia nosotros los hombres.

Por estas dos disposiciones de su corazón, la muerte de Jesús fue un perfecto sacrificio de alianza entre Dios y los hom­bres: un sacrificio no ritual, sino personal y existencial. Por eso, Jesús debe ser reconocido como «mediador de una nueva alianza» (Heb 9,15): una alianza radicalmente distinta de la del Sinaí, que se fundó sobre la sangre de animales.

La Carta a los Hebreos, que cita todo el oráculo de Jeremías sobre la nueva alianza (Heb 8,8-12), hace que profundicemos en el papel del corazón de Cristo en la fundación y puesta en práctica de esta alianza en nuestras vidas.

Esta profundización, por desgracia, a menudo es ignorada por nosotros, a pesar de que es de gran impor­tancia para una correcta comprensión del misterio de la encarnación y la redención.

 

Cumplimiento de las promesas en el corazón de Cristo

 

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El autor de la Carta a los Hebreos nos hace entender que en el misterio de Cristo, Dios cumplió la promesa con­tenida en el oráculo de Jeremías: la de escribir sus le­yes, no ya en tablas de piedra, como en el Sinaí, sino en el corazón del hombre. Diciendo que en su pasión, Cristo «aprendió la obediencia por sus padecimientos» (Heb 5,7), el autor quiere indicar que el corazón de Cristo en la pasión adquirió una nueva perfección de la virtud de la obediencia. Con esta afirmación sorprendente no quie­re sugerir en absoluto que Cristo fue al principio rebelde y que luego, a causa de sus sufrimientos, fue llevado a la obediencia. Al contrario, en el capítulo 10 el autor afirma que desde su entrada en el mundo Cristo manifestó una generosa disposición a la obediencia, diciendo a Dios: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad»          (Heb 10,9).

Pero en la existencia humana hay que distinguir una disposición previa a la obediencia y la virtud probada de la obediencia.

Solo el hombre que supera las pruebas más duras adquiere en cada fibra de su corazón humano la virtud probada de la obedienciaEsta es una ley que vale para todo hombre, y el Hijo de Dios, al hacerse hombre, no se ha sustraído a ella: «aprendió la obediencia por sus padecimientos».

Así que ahora, en virtud de la pasión de Cristo, hay un corazón humano en el cual Dios ha escrito su ley de modo nuevo y perfecto.

El oráculo de Jeremías se realizó plenamente en el corazón de Cristo, que en la pasión sufrió una transformación. Por tanto, se podría de­cir que la encarnación tenía como objetivo precisamente esta transformación del corazón humano.

Esta transformación también afecta a la adquisición de la virtud de la misericordia fraterna.

Nos lo hace entender el autor de la Carta a los Hebreos cuando en otro pasaje afirma que Jesús «tenía que hacer en todo semejante a los hermanos para llegar a ser un sumo sacerdote misericor­dioso» (Heb 2,17).

El contexto nos hace entender que la expresión «en todo semejante» se refiere a la pasión de Cristo; en efecto, la frase siguiente declara: «Puesto que sufrió personalmente cuando fue puesto a prueba, puede ir en ayuda de quienes padecen la prueba» (Heb 2,18).

Así vemos que la misericordia de Cristo no es un sen­timiento superficial de una persona que experimenta una emoción fácil, sino que es una actitud profunda, adquirida con la dura experiencia del sufrimiento.

En cuanto que ha sufrido mucho, Cristo es capaz de compadecer profunda­mente. En otro pasaje el autor afirma: «No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido probado en todo como nosotros excepto en el pecado» (Heb 4,15).

La compasión del corazón de Cristo es fruto de su pasión.

 

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Conclusión

Por tanto, podemos reconocer que el corazón de Cristo adquirió en plenitud, por medio de su pasión, las dos cualidades que lo convierten en la fuente y el centro de la nueva alianza.

En este corazón estaba, además del cumplimiento perfecto del oráculo de Jeremías, también el del oráculo de Ezequiel en el cual Dios decía: «Os daré un corazón nuevo, pondré en vosotros un espíritu nuevo» (Ez 36,26).

El «corazón nuevo» que Dios nos ha dado no es otro que el corazón humano de Jesús, hecho nuevo mediante los sufrimientos de la pasión superados con la fuerza del amor, y glorificado a causa de este amor.

Este corazón nuevo lo debemos acoger en nosotros, en lugar de nuestro «corazón de piedra», con el fin de vivir de verdad en la nueva alianza.

Y nosotros lo reci­bimos a través de la eucaristía, que en última instancia tiene este fin: poner en nosotros el corazón de Jesús, el corazón nuevo, del que tenemos absoluta necesidad para poder acoger en nosotros también el Espíritu nuevo, el Espíritu Santo.