Educación – Jovenes

 

EL  VALOR  DE  LA  SOLIDARIDAD

 

 

PROJIMO

 

 

Jesús no nos revela a un Dios Padre mío, sino Padre nuestro. Aceptar esto y orar el padrenuestro supone aceptar que todos somos hermanos y que, en consecuencia, debemos vivir como tales. Dios, Padre-Madre universal, nos convierte en familia. Sentirse hijo es intentar que todos vivan con la dignidad de hijos de Dios. Todo otro, sin importar su etnia, condición social, pensamiento político, sin importar incluso cómo se porte, si es bueno o no lo es, si me cae bien o me cae mal, es mi hermano.

Jesús experimentó a Dios como Padre y por ello se hizo hermano de todos, incluso de los que lo odiaban. Por ello, se atrevió a proponernos un Mandamiento Nuevo: «Que se amen los unos a los otros como yo les le amado» (Jn 13, 34-35), es decir, con un amor servicial, desinteresado, constante, dispuesto incluso a dar la vida para que todos tengan vida y puedan vivir con la dignidad de hijos. Jesús no dice que ama: ayuda, cura, incluye, consuela, alimenta, da vida. No es posible, en consecuencia, sentirse hermano y no trabajar por un mundo donde nadie pase hambre, o sea despreciado y maltratado. Y ese amor debe abarcar a todos, incluso a los enemigos, a los que no merecen nuestro amor, pues todos son hijos de Dios, y en consecuencia, hermanos maestros.

Seguir a Jesús es portarse con los demás como Él se portó, portarse como hijo y proseguir su misión que nos convoca al encuentro y la fraternidad, a combatir todo lo que amenaza e impide la vida para que todos puedan alcanzar su plenitud de hijos. La fe no consiste en recitar o aceptar una doctrina, o cumplir con unos ritos religiosos, sino en dedicar la vida a servir a los demás.

 

MANOS

El amor práctico, de obras, el amor que nos enseñó Jesús, es lo que distingue a sus genuinos seguidores y se convierte en la verdadera señal del cristiano: «En eso conocerán que son mis discípulos: si se aman los unos a los otros». En definitiva, Jesús más que una religión nos propone un modo de vida. O si lo prefieren, la religión que defiende Jesús es la del Buen Samaritano que se

compadeció del herido y golpeado que encontró en el camino y acudió en su ayuda, cosa que no hicieron los supuestamente buenos y fieles cumplidores de la ley, el sacerdote y el doctor (Lc 10, 25-37). Es también la religión del conmigo lo hicieron: el amor hecho servicio de Mateo 25: «Tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; fui forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver» (Mt 28, 31 y ss).

El teólogo José María Castillo (1994) propone que, si pretendemos en verdad ser fieles a Jesús, necesitamos plantearnos un «modelo alternativo de religiosidad: Nuestra Iglesia padece una hipertrofia de prácticas religiosas y una atrofia de convicciones evangélicas». El teólogo comienza recordando que el cristianismo creció vertiginosamente en los siglos III y IV porque en esos años de fuerte crisis económica y social que se han conocido como época de angustia, los cristianos se organizaron en comunidades de acogida que ofrecían ayuda y alivio a los más necesitados.

La Iglesia en aquellos años llegó a ofrecer una especie de seguridad social a los enfermos, las viudas, los ancianos, los incapacitados, las víctimas de las epidemias, el maltrato o las guerras. Castillo (1994) insiste en que debemos recuperar ese espíritu servicial y se atreve a proponer que hoy «el centro de interés y desvelo en cada diócesis, en cada parroquia, en cada convento debería ser la atención, la acogida, el cuidado de las personas que más sufren, que se ven más desamparadas, más desprotegidas, con un futuro más oscuro». El volver al Evangelio y a la religión de Jesús, daría a la iglesia credibilidad y verdadero sentido.

Jesús dejó bien claro que sólo es posible llegar a Dios mediante el servicio al hermano. Aunque, como expresa en el texto de Mateo que citamos más arriba, lo hagamos ignorando o incluso rechazando al propio Dios. Los que son declarados benditos no lo son por haber hecho el bien en su nombre, por motivos religiosos o de fe, sino simplemente por compasión con los que sufren; los malditos lo son a causa de su falta de corazón.

La fe sin obras no sirve de nada. Los pobres, explotados y desvalidos no son sólo los bienaventurados, sino los que nos salvan a los demás, los que nos hacen benditos si dedicamos la vida a su servicio.

Para Jesús, Dios y prójimo son inseparables. No es posible amar a Dios y desentenderse del hermano. Servir a Dios es servir a los hombres. Amar al estilo de Jesús es hacer un lugar en el corazón a los que son despreciados, ignorados, maltratados: interesarse por todos, pero especialmente por los que no interesan a nadie. Saber acercarse a los heridos por la miseria o la violencia, pero también a los heridos por la soledad, la depresión, el sin sentido, la droga. Acercarse a ese joven que se siente solo, tener paciencia con el anciano que busca ser escuchado, estar junto a esos padres abandonados por sus hijos o que están en la cárcel, poner alegría en ese niño solitario marcado por la separación de los padres, aliviar el hambre de los que no tienen qué comer, atender especialmente a ese alumno que todos desechan, abrazar al mendigo, al enfermo de sida, al niño de la calle…

Jesús nos enseña también que la vida no se nos ha dado para hacer dinero, para acumular títulos, para tener éxito y lograr un bienestar personal, sino para hacernos hermanos. Lo único importante es crear fraternidad. En palabras de Pagola, «el hombre más realizado no es, como se piensa, aquél que consigue acumular mayor cantidad de dinero, sino quien sabe convivir mejor y de manera más fraternal». Para el mundo en que vivimos, es primero el que más tiene. Para Jesús, es primero el que más sirve con lo que tiene. Todo lo que tenemos (salud, dinero, inteligencia…) se nos ha dado para que lo pongamos al servicio de la vida, al servicio de los demás. Si nos dedicamos a utilizarlo exclusivamente para nuestro propio provecho, sin pensar en los demás, perdemos la vida, nos deshumanizamos. Y como nos lo recuerda la parábola de los talentos, a los que se nos ha dado mucho, se nos exigirá mucho. Los talentos, más que un privilegio, son una responsabilidad y un compromiso.

La espiritualidad cristiana es, en definitiva, encontrar a Dios en el hermano, sobre todo el más desvalido y miserable. Se trata de hacerse prójimo (próximo, acercarse) del golpeado, del débil, del enfermo, del despreciado, del que sentimos lejos. Ayudar a bajar de la cruz a los que hoy están siendo crucificados por la injusticia, la opresión, la violencia, la miseria. Ellos son los bienaventurados, los preferidos de un Dios amor, que los prefiere no porque tengan más méritos o sean mejores, sino precisamente por su debilidad y su carencia.

Aceptar que Dios es Padre NUESTRO, debe llevarnos a cultivar el valor de la fraternidad que implica respeto, amabilidad, honestidad, servicio… Se trata, nada más y nada menos, de ver a Dios en cada persona, en especial en los despreciados, maltratados, humillados … y actuar en su ayuda para que puedan vivir con la dignidad de hijos de Dios. Esto implica una transformación profunda de nuestra fe y nuestra religión para que expresen un modo de vida a lo Jesús.

TIGRE