Pastoral

VIGOR MORAL:

LA VERDAD.

 

 

 

Debemos dar un tono de valentía a nuestra vida cristiana, tanto a la privada como a la pública, para no convertirnos en seres insignificantes en el plano espiritual e incluso en cómplices de hundimiento general. ¿Acaso no buscamos, de manera ilegítima, en nuestra libertad personal, un pretexto para dejarnos imponer por los otros el yugo de opiniones inaceptables?

 

 

Sólo son libres los seres que se mueven por sí mismos, nos dice santo Tomás. Lo único que nos ata interiormente, de manera legítima, es la verdad. Esta hará de nosotros hombres libres (Jn 8,32). La actual tendencia a suprimir todo esfuerzo moral y personal no presagia, por consiguiente, un auténtico progreso verdaderamente humano. La cruz se yergue siempre ante nosotros. Y nos llama al vigor moral, a la fuerza del espíritu, al sacrificio (Jn 12,25) que nos hace semejantes a Cristo y puede salvarnos tanto a nosotros como al mundo.

                                                                                                                                        Pablo VI.

LA  EDUCACIÓN

 

 

 

Venezuela enfrenta hoy un triple reto para salir de esta espantosa crisis que ha generalizado la miseria y la confrontación,   convertir todas sus inmensas potencialidades en vida abundante para todos y así posibilitar la paz verdadera : el reto del reencuentro y la reconciliación, de modo que profundicemos y llenemos de sentido la democracia, entendida como un poema de la diversidad, con gobernantes capaces y profundamente éticos, ejemplos de vida; con instituciones eficientes, que resuelvan problemas y poderes autónomos que se regulen unos a otros, de modo que todos los venezolanos nos constituyamos en genuinas personas y auténticos ciudadanos, sujetos de derechos y deberes, iguales ante la ley.

El segundo reto es cambiar el modelo estatista y rentista por un modelo eficiente y productivo, que asuma el trabajo y la producción como medios esenciales de realización personal y de garantizar a toda la población bienes y servicios de calidad. El tercer reto es lograr un desarrollo humano, con justicia y equidad, es decir, sin excluidos de ningún tipo, un desarrollo que combata con fuerza la pobreza, la miseria, el clientelismo, el populismo y todo tipo de discriminación y de violencia. A pesar de los graves problemas que estamos viviendo, los venezolanos no podemos renunciar a la esperanza y debemos seguir trabajando con tesón, ilusión y pasión, por constituirnos en una nación moderna, eficiente y solidaria, en la que todos podamos vivir con dignidad y, al mirarnos a los ojos, nos veamos y tratemos como conciudadanos y hermanos y no como rivales o enemigos.

Enfrentar este triple reto va a exigir múltiples respuestas de orden político, económico y social, pero también respuestas educativas. Si bien es cierto que sola la educación no es suficiente para sacar al país de la pobreza y de la crisis, es igualmente cierto que no saldremos de ella sin el aporte de una educación renovada, integral, de calidad, que alcance a toda la población venezolana, la retenga en el sistema y forme su corazón, su mente y sus manos, es decir, le proporcione las competencias necesarias para vivir a plenitud su ser de persona, para ejercer libre y responsablemente su ciudadanía, para seguir aprendiendo siempre e insertarse productivamente en la sociedad. En palabras de Paulo Freire, “la educación sola no transforma el mundo, pero forma las personas que lo transformarán”.

La educación por sí sola no construye nación, pero sin ella no es posible la nación. La educación sola no puede producir los cambios necesarios, pero sin ella no es posible el cambio. Si queremos que la educación contribuya a acabar con la pobreza, debemos acabar primero con la pobreza de la educación y con la pobreza económica, pero también pedagógica, emocional y espiritual de numerosos educadores.

La educación es la suprema contribución al futuro del mundo, puesto que tiene que contribuir a prevenir la violencia, la intolerancia, la pobreza, y la ignorancia. Una población bien educada es crucial si se quiere tener democracias prósperas y comunidades fuertes. La educación es el pasaporte a un mañana mejor. A todos nos conviene tener más y mejor educación y que todos los demás la tengan.

Antonio Pérez Esclarín

 

NAVIDAD

 

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HUBO UNA VEZ… UN HOMBRE LLAMADO JESÚS

Sucedió en un país lejano, hace más de dos mil años, se llamaba Israel y los hombres que lo habitaban israelitas, también los llamaban hebreos o judíos. Tiempo atrás, varios profetas de barba blanca y mirada profunda, habían llenado de pájaros el cielo, buscando buenos augurios. Día y noche repetían, por las calles  de los pueblos, promesas que calentaban las esperanzas de los hombres, anunciaban que en aquella región siempre enguerrillada vendría un período de paz.

-Hay que transformar las espadas en arados, los cuarteles en escuelas, las cárceles en talleres y los esclavos en ciudadanos libres. Dios ha hecho un pacto de cariño especial con el pueblo judío y de nuestros descendientes nacerá el Mesías. Él se comprometerá con la libertad y la justicia. Hará prodigios para regar las ilusiones de los hombres y nos enseñará a vivir como honestos ciudadanos, como hermanos aunque seamos judíos, griegos, turcos, árabes, gringos o latinoamericanos.

La mayoría creía las promesas, pero otros negaban con la cabeza sonriendo – exclamaban:

-¡Nooo! Si así es, también los líderes políticos nos prometen todo eso.

En aquel país las cosas no iban bien, la gente pobre pasaba hambre porque había pocas tierras cultivables. Eran tan desérticas, que un año daban trigo luego había que dejarlas descansar otro año, para que no se agotasen. Era como darles vacaciones para que pudieran seguir produciendo algo. También había muchas enfermedades como la parálisis, la peste y la lepra.

Por su parte, los principales dirigentes de la comunidad: sacerdotes, doc­tores, comerciantes y políticos, eran egoístas y abusaban del pueblo. Les asig­naban impuestos excesivos y discriminaciones en los servicios públicos. Por eso muy poca gente creyó en las profecías que anunciaban nuevos y mejores tiempos a pesar que se consideraban buenas personas.

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El pueblo hebreo se la pasaba toda la vida trabajando desde que salía el sol hasta el atardecer, labraban la tierra, luego la sembraban y cuando las espi­gas se ponían doradas las segaban. Nunca tuvieron comodidades, nunca se hacían ricos, solo se contentaban con tener algo para comer cada día. Estaban arraigados a su tierra, sólo se alejaban de ella cuando los reclutaban para el ejército, o cuando subían a Jerusalén a visitar el Templo. Lo demás era trabajar y trabajar. Nacían, aprendían un oficio, se casaban y se hacían viejos, y todo sin malicia. Pasaron todavía muchos años y los profetas seguían proclamando que Dios era bueno.

-Su mensajero bajará de los cielos como el rocío de la madrugada, como la lluvia que fertiliza la tierra.

Por fin, al cabo de muchos años ocurrieron las primeras señales de los nue­vos tiempos. Una mujer llamada Isabel cantó de alegría cuando supo que una prima suya, siendo virgen, estaba embarazada sin haber tenido contacto con hombre alguno. Poco después, unos pastores que cuidaban sus rebaños cerca de la ciudad llamada Belén, comenzaron a rumorear que habían sido testigos de un suceso milagroso. ¡Se les aparecieron unos ángeles, anunciando la paz, porque había nacido el Mesías!

Más tarde, otras noticias anunciaban que un hombre realizaba milagros sorprendentes y que era amigo de la gente. Reía, comía y sufría como todo el mundo, no era ambicioso, no buscaba la amistad de los poderosos. Devolvía la vista a los ciegos, la movilidad a los paralíticos, y en cierta ocasión las redes de unos pescadores se rompieron de tantos peces que atraparon. Otra vez ali­mentó con cinco panes y cinco pescados a más de mil peregrinos.

La gente lo buscaba por los caminos, por los montes, a orillas de los ríos. Sabían que era bueno y que curaba las enfermedades, lo buscaban también porque disfrutaban escuchando su palabra. Les encantaba ese modo popular y claro de hablar con ejemplos que entendían. Además de un líder generoso, era maestro sabio, les agradaba su sencillez y bondad. Una vez dijo a sus ami­gos:

-¡No he nacido para ser servido, sino para servir!

Y a continuación se puso a lavarles los pies, uno a uno.

Así era de bueno este hombre extraordinario, llamado Jesús, que algunos se atrevieron a nombrarlo Hijo de Dios, porque decía y hacía cosas maravillosas. Nunca antes otro se había acercado con tanto cariño al pueblo. Pero no por ello, pudieron evitar que las autoridades lo condenaran a muerte, él había denunciado la avaricia y la soberbia de los poderosos.

Después que desapareció, varios amigos que lo habían tratado, comenza­ron a escribir un libro con los recuerdos propios y con los que oyeron contar a otros. Los llamamos evangelistas, o sea, anunciadores de la Buena Noticia: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. La historia que yo te cuento a continuación, es lo que estos amigos, testigos y seguidores de Jesús escribieron sobre él.

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COMPASIÓN, CUIDADOS, MISERICORDIA

 

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Los ciudadanos ponen el cuidado de la vida en el centro de la vida personal y comunitaria, del análisis social, de la economía y de la política.

 

El cuidado es una dimensión indispensable de la justicia. Desde el pensamiento y la praxis de los movimientos sociales se nos propone repensar el sujeto, las relaciones sociales, la economía y la política desde esta clave para revertir la crisis ecológica y civilizatoria en la que estamos inmersos. Ensanchar nuestro trabajo por la justicia desde las aportaciones de las luchas sociales y nuestras propias experiencias de cuidar y ser cuidados.

Desde esta nueva perspectiva toda persona, sin exclusiones, forma parte de una red amplia y horizontal de cui­dados. La reivindicación supone la lucha contra las relaciones de dominación en las que solo unos cuidan y otros son cuidados. Es una apuesta por el cuidado mutuo, no jerárquico y sin privilegios, y que in­cluya el cuidado de la tierra, nuestro hogar.

De lo invisible a la revolución de los cuidados

Proponemos una revolución de los cui­dados como alternativa a su creciente mercantilización y su universalización frente a su secular feminización e invi­sibilización. Es decir, la asunción por parte de todos, varones y mujeres, y también por parte de los poderes pú­blicos, de que se trata de una respon­sabilidad humana compartida y de una cuestión política de vital importancia. Si queremos una sociedad y una cul­tura verdaderamente humana y ecoló­gicamente sostenible, a la altura de la dignidad de los más vulnerables y de la necesidad urgente del cuidado de la casa común, no podemos seguir con­finando la cuestión de los cuidados al ámbito exclusivo de lo privado y lo individual familiar y de la economía in­formal, o atribuirlos en exclusiva a las mujeres, como si ellas fueran «esen­cialmente» más responsables del cui­dado de la vida que los varones.

De una justicia «justiciera» a una justicia arraigada en la misericordia

Esta visión, que reivindica la centrali­dad del cuidado, conecta con la entraña del Evangelio como Buena Noticia. En el centro de la tradición judeocristiana y de nuestra fe está el Dios que se reve­la en la historia como Amor creativo, generoso, compasivo, tierno y libe­rador. Dios es justo y ama la justicia pero una justicia que no esté arraigada en la misericordia acaba tornándose «justiciera». Por eso los orantes de los salmos, conscientes de la limitación y del pecado propio, invocan al Dios Justo pero confían en su misericordia, pues es ella la que transforma su justi­cia en gracia y salvación. Pero ¿cómo entiende la tradición bíblica el amor? Profundizar teológica y experiencial­mente en esta cuestión es fundamental para desarrollar una ética y una praxis cristiana del cuidado como dimensión esencial de la lucha por la justicia.

En la Biblia Yahvé se va revelando como misericordia entrañable. El he­sed (misericordia) divino se manifiesta en acciones palpables, en favores con­cretos, pero al mismo tiempo expresa algo más que una actividad. Se trata de una cualidad interior que se manifies­ta como inclinación amorosa y bene­volente en favor del otro, gratuidad y donación que sobrepasa los límites de la justicia, y cuyo culmen es el perdón. Fuente de alegría y de goce contempla­tivo. Una llamada a una comunidad de vida y amor comprometida -la Alian­za-que no se desentiende de las nece­sidades básicas de sus miembros más vulnerables para florecer, y sin cuya salud no hay salvación.

En un oráculo del profeta Oseas, Yahvé pone pleito a los sacerdotes por­que privan al pueblo del conocimiento de Dios, de la instrucción en el hesed (lealtad, misericordia, bondad) y en el ‘emet (fidelidad, verdad). Esta falta de lealtad y conocimiento de Dios les lleva a una situación en que, el hom­bre, creado por amor y para amar, se transforma en un lobo para el hom­bre: «no hay verdad ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra, sino juramento y mentira, asesinato y robo, adulterio y libertinaje, homicidio tras homicidio. Por eso gime el país y desfallecen sus habitantes» (Os 4,1-3).

Precisamente en este punto descu­brimos la profunda conexión entre la cólera de Dios y su misericordia, que no es otra cosa que su indignación éti­ca ante el atropello de los más pobres. Yahvé se encoleriza porque el pueblo es infiel a su compromiso de amor, «su hesed es nube mañanera, rocío que se evapora al alba» (Os 6,4); por su du­reza de corazón y su incapacidad para cumplir lo que él quiere de su pueblo: «Misericordia, no sacrificios, conocimiento de Dios, no holocaustos» (Os 6,6); «juzgad sentencias verdaderas, que cada uno trate a su hermano con misericordia y compasión, no oprimáis a viudas, huérfanos, emigrantes y ne­cesitados, que nadie maquine malda­des contra su prójimo» (Zac 7,9-10).

SEGUNDA  PARTE:

De un Dios juez a un Dios amor

 

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El amor es precisamente la imagen de Dios en nosotros. Como dice el poe­ta cubano, «solo el amor engendra lo que perdura, solo el amor convierte en milagro el barro». Los cristianos estamos llamados a vivir en el Amor y a crecer enraizados en él. Es el signo distintivo del cristiano y su quehacer fundamental, seguir a Jesús es amar como él amó: «este es mi mandamien­to: que os améis unos a otros como yo os amé» (Jn 15, 12ss). Solo el que ama con un amor libre y liberado de todo temor, que no nace del miedo y de la servidumbre, sino de la experiencia de una profunda amistad, de ser querido incondicionalmente y estar en manos del Amor; solo el que ama con un amor encarnado que engendra fraternidad y sororidad, y que atiende a las necesi­dades de los últimos, puede acceder al conocimiento de Dios y la salvación. «Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; pues, si no ama al hermano suyo a quien ve, no puede amar al Dios a quien no ve» (cf. 1Jn 4,7-21). «Si uno se tiene por reli­gioso, porque no refrena la lengua, se engaña a sí mismo y su religiosidad es vacía. Una religiosidad pura e intacha­ble a los ojos de Dios Padre consiste en cuidar de huérfanos y viudas en su necesidad» (Stg 1,26-27)

Recuperar y actualizar una espiritualidad del cuidado

 

Finalmente estamos convencidos de que la compasión y la misericordia son vitales para nutrir y alimentar la lucha por la justicia. La educación espiritual en la compasión y el cuidado de sí bien entendidos son fundamentales para el desarrollo de la persona y para la movilización y la perseverancia en las luchas sociales. No podemos vivir sin amar, pero tampoco podemos vivir sin amor. ¿Cómo podemos amar bien al prójimo si no sabemos amarnos a nosotros mismos?

El cuidado de sí, muy presente en la espiritualidad cristiana antigua, es un valor a recuperar y actualizar más allá de una espiritualidad y una con­cepción de la justicia y del trabajo por la justicia excesivamente ascética y sacrificial, localizada en el activismo cortoplacista, y poco sensible a las ne­cesidades profundas del ser humano y su vulnerabilidad constitutiva, desde una perspectiva encarnada e integral. Porque el cuidado de sí integra las emociones y el desarrollo intelectual, lo corporal y lo emocional, lo comuni­tario y la capacidad de saborear, gozar y celebrar los placeres básicos de la vida en armonía con la tierra, más allá de la voracidad consumista. Supone descubrir y aceptar los límites, apren­der que menos puede ser más, frente a la lógica depredadora del capitalis­mo, que pone en el centro de la vida y de la sociedad la acumulación de ca­pital.

Lucía Ramón.

Cuadernos Cristianisme i Justicia

 

 

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Con el Corazón de Jesús.

Haz un trasplante de corazón.

 

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Necesitamos hacer trasplante de corazón, urge que nos dejemos hacer el corazón por Jesucristo. Dios no es lejano e intocable, tiene un Corazón. Se hizo hombre para darnos su Corazón y para despertar en nosotros el amor a todos los hombres.

 

El Sagrado Corazón de Jesús, quiero deciros con toda verdad que este se estremece de compasión y de misericordia. La Iglesia nos presenta el misterio del Corazón de un Dios que se conmueve y derrama todo su amor sobre la humanidad. Un amor misterioso que nos muestra la pasión inmensa de Dios por el hombre, que no se rinde ante la ingratitud, ni siquiera ante el rechazo; su único deseo es restituir la dignidad del hombre. Un Corazón que abraza, que acoge, que se presta a perdonar y a curar.

Todos los hombres necesitamos no solamente sentir el latido de nuestro corazón, sino también hacer un trasplante y acoger el latido del Corazón de Jesús.

 Nunca sabremos de verdad cómo es el Corazón de Cristo y nunca entenderemos la alegría de vivir su misericordia, si no lo hacemos. Es el mensaje más contundente, el más verdadero, el que más necesita el ser humano, el que puede cambiar la dirección de esta humanidad. Os habéis dado cuenta de algo fundamental: ¡Cómo nos gusta condenar! ¿Por qué nos costará tanto salvar? El Señor nos lo ha dicho: «No he venido a condenar a los hombres, he venido a salvarlos». Basta que recordemos por un instante el encuentro del Señor con la mujer pecadora. El Evangelio de San Juan habla de la adúltera, aquella mujer que los escribas y fariseos estaban a punto de lapidar. ¿Cómo salva su vida el Señor? Haciendo tomar conciencia a quienes la habían encontrado en adulterio que ellos no eran menos pecadores que aquella mujer: «El que esté libre de pecado que tire la primera piedra». Ante esta afirmación, todos se marcharon. También nosotros nos marchamos. Y también nosotros necesitamos escuchar del Señor lo que aquella mujer escuchó: «Ni siquiera yo te condeno; vete y, de ahora en adelante, no peques más». ¡Qué importante es sentirse necesitado de misericordia, es el primer paso que tenemos que dar para hacer trasplante de corazón!

¡Qué fuerza tiene la misericordia que se da cuando nuestro corazón es el de Cristo, cuando los demás advierten que son abrazados y perdonados!

Nuestro Señor Jesucristo nos muestra su Corazón y nos manifiesta y revela que jamás se cansa de perdonar. ¿No os dais cuenta de que somos nosotros los que nos cansamos de pedirle al Señor que nos perdone? El cansancio viene de nosotros. Él nunca se cansa. Otra mujer, que estaba rehabilitándose de la droga, me contó que ella había tenido en su vida dos experiencias únicas de sentirse querida, abrazada y perdonada. Una, hasta los doce años, cuando su padre murió. Junto a él había sentido cariño, comprensión y aliento. Pero todo eso lo perdió a su muerte y se vio arrastrada a vivir en la calle, metida de lleno en la droga y con todas las consecuencias que esto trae, intentando obtenerla del modo que fuere. «A los 37 años –me decía– he vuelto a descubrir que soy querida, he encontrado una familia que me hizo salir del mundo en el que había perdido la dignidad. Hoy la he vuelto a recuperar. Y la medicina que he recibido ha sido el amor que habita en unos corazones, que te abrazan y te quieren, que dan la vida por ti. Te hacen descubrir el rostro de un Dios que te recupera no juzgándote por las cosas gordas que hiciste, sino dándote el abrazo de quien no te reprocha la fragilidad y las heridas que tienes, curándolas con la medicina de la misericordia».

Los Padres de la Iglesia consideraban que el mayor pecado del mundo pagano era su insensibilidad, su dureza de corazón, y hoy percibo que esta sigue siendo el mayor pecado de esta humanidad. En esta aldea donde todos estamos enterados de lo que les pasa a los hombres en cualquier lugar del mundo, tenemos insensibilidad de corazón. ¿Por qué no entramos por el camino de disponer nuestras vidas para inclinarnos con compasión hacia las miserias de la humanidad?

Necesitamos hacer trasplante de corazón, urge que nos dejemos hacer el corazón por Jesucristo, pues Él hace verdad en nuestra vida lo que tan bellamente describe el profeta Ezequiel: «Os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (Ez 36, 26). Convertirse a Cristo quiere decir recibir un corazón de carne, un corazón sensible ante la pasión y el sufrimiento de los demás y responder a estas situaciones como lo hace el Señor, con un corazón lleno de misericordia. El Dios que se nos ha revelado en Jesucristo no es un Dios lejano e intocable, tiene un Corazón. Se hizo hombre para darnos su Corazón y para despertar en nosotros el amor a todos los hombres, con un interés especial por todos los descartados, por los que sufren, mirando a los necesitados, a los que les robaron y quitaron la dignidad.

Carlos, arzobispo de Madrid.

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Como vasija de barro:

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Como vasija de barro, sí Señor,

es verdad, y tú sabes que me duele,

y lo frágil que me siento, y lo pobre…

Pero hoy, gracias Señor, he descubierto,

y te doy gracias, que es verdad que soy de barro,

pero que soy también vasija…

Y soñé, Señor, ¡gracias!

que tú eras el mar y que yo estaba en la playa,

y que al subir la marea, el agua me llenaba,

y me cubría y rebosaba.

Ay,¡ Señor! No sabe su ser la vasija,

mientras no la llene el agua.

¡Qué le importa ser de barro, si es vasija…!

y dejarse llenar, y dejarse rebosar..

Y así ser fuente. ¡Y así ser mar…!

¡Qué hermoso es ser vasija, aunque esta sea de barro!

Otro sueño soñé, gracias Señor,

que tú eras aguador y que yo era tu vasija,

tu vasija de barro, pobre y frágil, es verdad; pero bella,

y me llevabas de la mano,

y me tratabas con cariño,

y me cuidabas con cuidado,

porque yo era tu vasija,

y me mostrabas con orgullo, a todo el mundo,

y me querías y te hacía compañía,

y además, mi Dios, ¡qué sería un aguador,

sin su vasija de barro… !

Gracias, Señor por haber soñado,

gracias te doy por ser vasija,

¡y gracias también por ser de barro!

(Ricardo Gassis S.J.).

 

 

DECÁLOGO PARA EL INVIERNO

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  1. Saber que estamos en invierno,
  2. Saber por qué estamos en invierno,
  3. Aceptar que estamos en invierno,
  4. Conocer en qué consiste el invierno,
  5. No soñar con nostalgia, en veranos pasados,
  6. Valorar las riquezas inherentes al invierno,
  7. Pertrecharnos para vivir en invierno,
  8. Gozar viviendo en invierno,
  9. Prepararnos con esperanza para una futura primavera,
  10. O sea, confiar en el Dios del invierno, que es Jesucristo.

 

 

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CORAZÓN CRISTIANO

 

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Inunda una alegría que encuentra pequeño todo canto: “Los que ensalzáis al Señor levantad la voz, esforzaos cuanto podáis, que aún queda más; los que alabáis al Señor redoblad las fuerzas” (Edo. 39, 21-33; 43, 27. O30-32).

Con la llegada de Jesús, este camino hacia la alegría plena se ilumina de una manera inesperada, se carga de sorpresivas paradojas, pruebas y sorpresas para quienes buscan la auténtica alegría y nos lleva a hacernos unas sencillas preguntas…

En primer lugar. Se nos dice que su “buena noticia” “venid a mi todos los que estáis agobiados y cansados que yo os aliviaré”, “noticia misericordiosa y alegre, que se dirige, antes que a nadie, a los sumergidos en toda suerte de tristezas (pobres, cautivos, ciegos, oprimidos” (Lc 4, 18-19). “Saltarán de gozo los huesos humillados” (Salmo 50, 10).

El que esto anuncia, Jesús, desecha en el desierto, las circunstancias adversas y dolorosas, las propuestas de salvación apoyadas en el valor, prestigio, el tener y el poder (Lc 4,1-12).

Pregunta: ¿Seremos más cobardes y vulnerables a la tristeza porque tratamos de ponernos a salvo de toda carencia y nos alejamos apoyándonos en el valer, el tener y el poder? (Lc 4,12).

En segundo lugar. Las bienaventuranzas traen alegría para quienes hacen las tareas del Reino, buscar la paz, luchar por la justicia, empeñarse por la fidelidad a Dios (Mt 5,1-10). Encontramos en Isaías: “Sales al encuentro del que practica gozosamente la justicia” (Is. 64,10).

Pregunta: ¿no será por este motivo por el que en los rincones doloridos del mundo: sida, niños –soldados, niños trabajando 8 – 10 horas con un sueldo de miseria –niños y niñas comercializados como un producto cualquiera – hambre y más hambre, injusticia tras injusticia, corrupción y mafias colectivas por todo el mundo; el problema de la droga, etc., etc. – siempre se encuentra gente con una alegría desbordantemente honda e insobornable? ¿No será por esto mismo por lo que las vidas acomodadas saben a manzanilla, o a yogurt descremado y sufren y penan por espantar aburrimientos? ¿Cómo se come y digiere eso de “afligidos siempre alegres, pobres que enriquecen a muchos, necesitados que todo lo poseen? (cf. 2Cor6, 10).

En tercer lugar: aprendemos que para recibir la honda alegría no basta con seguir a un Jesús cualquiera, sino uno que muestra la señal de los clavos, (Jn 20,27) y en quien hay que contemplar su corazón traspasado por nuestros egoísmos e infidelidades (Jn 19,34), del que brota un manantial para Jerusalén (Zac 14,8).

Pregunta: ¿no estaremos equivocados cuando pensamos que encontramos más fácilmente a Dios en la paz de los templos que en los seres humanos traspasados por nuestra mediocridad y ostentación, nuestro derroche superfluo, nuestra pereza, nuestra injusticia? (Zc. 12,10). Los discípulos se alegran mucho al mirar al que cargó con nuestros pecados. De ahí la paradoja de que en los (contra – dioses) de situaciones destrozadas, o simplemente pobres, ¿nos encontramos con Dios?

 

RESUMIENDO Y PREGUNTANDO

La alegría que fomenta el mundo de mercado moderno: produce, consume y serás feliz, es una falacia.

Las diversiones de todo tipo que ofrece quieren ignorar e intentan suprimir –el peso real – de un corazón maduro, brindando “diversiones” que proporcionan poca “alegría” profunda, poco gozo en el Señor, aunque esas diversiones sean graciosas, carcajadas y risas huecas.

Orillando, escapando, marginando lo trágico y duro del vivir, arrumbando y escondiendo el dolor de la vida real. Ejemplos diarios.

Una sociedad que huye de los dolores de parto, de la crianza auténtica de los hijos, de la formación y educación de los mismos hijos, ir disfrutando cada vez menos de las travesuras y alegrías un poco fastidiosas de los hijos.

Otro ejemplo claro para nosotros los cristianos.

Vinculados y unidos por el bautismo a la pasión y muerte de Jesús, apuntamos a una vida nueva con una resurrección semejante a la de Cristo (cfr. Rom 6,4-5). Pedro lo expresa así “Alegres en la medida en la que participáis en los dolores de Cristo” (1Pe 4,13). Es lo que ocurre con las plantas: cuanto mayor sea la raíz que enterramos profundamente, será el tamaño de la planta que surja de la tierra. Si morimos o enterramos ambiciones nuestras en Cristo, creceremos con Él (cfr Rom 6,9,13).

Hay una preciosa comparación del pueblo castellano sobre la palabra gozo-alegría. “Llamada viva que produce la leña pequeña y seca al arder”. Al Cristo, al apóstol del Corazón de Jesús, que se decide a ser leña que arde no puede hundirle la tristeza como estado común de la vida. Es decir, no puede hundirle cuando vive con autenticidad.

Me viene a la mente uno de mis libros favoritos que me impactó y cito frecuentemente: “El coraje de existir” de Paul Tillich. ¿Qué es el coraje?: decidirse a ser lo que es. “El ser más profundo de nuestro ser es Ser de Dios”.

Tomando conciencia de esta decisión fundamental en todas nuestras elecciones que hacemos diariamente nos capacita para administrar e invertir la vida que tenemos apostando por unas posibilidades que relegan y condenan a otras posibilidades secundarias al olvido. Esta decisión nos llena de una alegría que nadie nos puede arrebatar, porque está hecha en favor de la vida, y “la vida que desea superarse a sí misma, es la vida buena y la vida buena es la vida valerosa y gozosa como la llama que brota de la leña pequeña y seca.

Es la vida del “alma poderosa” y del “cuerpo triunfante”, cuyo gozo de sí mismo es virtud, dice Paul Tillich. No es un Dios de muertos sino de vivos (Mt. 22, 32). El vino “para que sea completa nuestra alegría” (cfr 1Jn 1, 3-4). Hace años escribió Cabodevilla, José María que “no puede ser malo el hombre que hace reir.” Riamos sabiéndonos injertados en el viviente que pasó por la muerte.

El dolor y la alegría se relacionan paradójicamente “también entre risas llora el corazón y la alegría termina en pesar” (Prov. 14,13).

La cultura actual huye del dolor y se encuentra triste, la procesión va por dentro.

Esto sería una reflexión un tanto válida teniendo en cuenta la “Recreación del APOR” y las intenciones mensuales del Papa, por ser orales y vividas por un consagrado al APOR.

Álvaro Lacasta,s.j.

 

 

 

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FRANCISCO QUIERE UNA IGLESIA CERCANA

A DIVORCIADOS Y GAIS

 

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 Nuestro señor Jesucristo era consciente de las desigualdades sociales entre el hombre y la mujer, pues Su Padre había creado a ambos géneros en condiciones …

El Papa relata en un libro, calificado como la encíclica sobre la misericordia,

la esencia de su pontificado.

La Iglesia se debe mostrar cercana a todos, incluidos divorciados y gais, según reflexiona el Papa Francisco en su primer libro entrevista, escrito con el periodista italiano Andrea Tornielli, que se presentó en Roma. El libro, basado en preguntas brevesy sencillas a las que el Papa contesta extensamente con numerosas anécdotas y episodios de su vida, ha sido ya calificado como la encíclica sobre la misericordia que el Pontífice siempre ha querido escribir.

 

El nombre de Dios es Misericordia. Una conversación con Andrea Tornielli, que salió a la venta en 86 países y ha sido traducido a 16 idiomas, es también una especie de “manifiesto” del Año Santo que acaba de comenzar sobre este tema. El “vaticanista” de La Stampa explica cómo para Bergoglio la Iglesia tiene que calentar “el corazón de las personas con la cercanía y la proximidad”.

Y las respuestas del Papa lo corroboran. “La persona no se define tan solo por su tendencia sexual: no olvidemos que somos todos criaturas amadas por Dios, destinatarias de su infinito amor. Yo prefiero que las pesonas homosexuales vengan a confesarse, que permanezcan cerca del Señor, que podamos rezar juntos. Puedes aconsejarles la oración, la buena voluntad, señalarles el camino, acompañarlos”, dice Francisco sobre la posición de la Iglesia respecto a los gais.

 

Una cercanía también a las personas divorciadas y vueltas a casar a quienes la Iglesia católica excomulga y aparta. “Abrazadlas y sed misericordiosos, aunque no podáis absolverlos. Dadles de todos modos una bendición”, añade.

La novedad del libro está en la sencillez del leguaje del Papa y en los ejemplos de cotidianeidad y testimonios de su vida. “Yo tengo una sobrina que se ha casado civilmente antes de que éste obtuviera la nulidad matrimonial. Querían casarse, se amaban, querían hijos y han tenido tres (…) Este hombre era tan religioso que todos los domingos, yendo a misa, iba al confesionario y le decía al sacerdote: “Sé que Usted no me puede absolver, pero he pecado en esto y en aquello otro, deme una bendición. Esto es un hombre formado religiosamente”, pone como ejemplo.

 

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El Papa cuenta sobre una mujer, cuando él era cura en Buenos Aires, que trabajaba como prostituta para dar de comer a sus hijos y que un día fue a la parroquia a darle las gracias. “Yo creía que se trataba del paquete con los alimentos de Cáritas que le habíamos hecho llegar: ¿Lo ha recibido?, le pregunté. Y ella contestó: “Sí, si, también le agradezco eso. Pero he venido aquí para darle las gracias sobre todo porque Ud no ha dejado de llamarme señora”, relata.

También crtica la falta de misericordia de una iglesia aún existente que niega el funeral a un recién nacido porque murió sin bautizar. “Pecadores sí, corruptos no”, es otro de los capítulos del libro, en los que critica sin tapujos la corrupción.

EFE, Roma.

 

 

 

 

EL CAMINO HACIA LA PAZ

dia de la paz mundial

 

No estableceremos un mundo fraternal con corazones llenos de odio  y  de violencia

Si no queremos entrar en una espiral de violencia incontrolable que nos arrastre a todos y siembre al país de destrucción y muerte, debe­mos abocarnos todos a construir la paz. Para ello, tenemos que comen­zar desarmando el corazón, ya que muchos lo tienen lleno de rabia, ren­cor, odio, prejuicios y violencia. La lucha por la paz y la justicia debe co­menzar en el corazón de cada perso­na. Solo los pacíficos serán capaces de construir una verdadera paz. Ser pacífico o constructor de paz no im­plica adoptar posturas pasivas, ni ser sumiso o apocado, sino comprome­terse y luchar con coraje y constan­cia, pero sin violencia, por la verdad y la justicia, que son los cimientos de la paz verdadera.

No seremos capaces de romper las cadenas externas de la injusticia, la violencia, la miseria, si no somos ca­paces de romper las cadenas internas del egoísmo, el odio, el desprecio, la mentira, la venganza, que atenazan los corazones. No derrotaremos la co­rrupción, que actualmente corroe las entrañas de la sociedad, con corazo­nes apegados a la riqueza y el tener; no construiremos participación y de­mocracia verdaderas con corazones aferrados al poder que, para mante­nerse en él, no vacilan en utilizar to­dos los medios a su alcance, incluso la manipulación y miseria del pue­blo; no estableceremos un mundo fra­ternal con corazones llenos de odio y de violencia.

Pasos acertados

 

Hay que trabajar arduamente por la paz, pero hacia la paz no se avanza de cualquier manera, ni se llega por cual­quier camino. Hay que dar pasos acer­tados. Y en estos momentos corremos el peligro de adentramos por los ca­minos más equivocados.

No se llegará a la paz enfrentando de manera violenta a las personas. Lo que se necesita es aproximar postu­ras y aunar fuerzas, no radicalizar las posturas ni ahondar las divisio­nes. Así no se construye un país. Así se destruye. Es necesario aislar a los radicales que promueven la violen­cia verbal y física y comenzar a dialogar con los que, en ambos lados, se muestran verdaderamente preocupa­dos por el país y están dispuestos a trabajar desinteresadamente e inclu­so sacrificarse para sacarlo del abis­mo en que se encuentra. No son tiem­pos para alimentar posturas indivi­dualistas ni liderazgos personalistas.

No se llegará a la paz provocando el desprecio, los insultos y la mutua agresión, y considerando la crítica como traición. ¿Por qué tengo yo que despreciar y considerar como enemigo a alguien solo porque piensa de diversa manera? Seguir empeñados en mantener unas políticas que nos han llevado a este caos, ¿no demues­tra una enorme incapacidad, egoís­mo y soberbia?

No se llegará a la paz introducien­do más pasión, ofensas y fanatismo entre nosotros. Lo que se necesita es sembrar objetividad, racionalidad y enfriar los ánimos. ¿Qué puede nacer de posturas dogmáticas, totalmente cerradas a la autocrítica, que siempre culpan al otro de sus propios fracasos?

No se llegará a la paz amenazan­do, golpeando, o reduciendo al silen­cio a quien no piensa igual. Cuando en una sociedad se limita la libre ex­presión o la gente tiene miedo a ex­presar lo que piensa, se está destru­yendo la convivencia democrática.

En medio de la grave situación que vivimos, escucho la consigna de Je­sús: «Si cuando vas a poner tu ofren­da en el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu herma­no». ¿Para qué sirven todas nuestras profesiones de fe en un Dios Padre, si luego no vivimos como hermanos?

Antonio Pérez Esclarín.

 

 

 

EL RETO DE LA MUERTE Y DE LA RESURRECCIÓN

ECEPTISISMO

ESCEPTICISMO MODERNO ANTE LA MUERTE Y VIDA ETERNA

 

En una cultura decididamente orientada hacia el dominio de la naturaleza, el progreso técnico y el bienestar, la muerte viene a ser «el pequeño fallo del sistema». Algo desagradable y molesto que conviene socialmente ignorar.

Todo sucede como si la muerte se estuviera convirtiendo para el hombre contemporáneo en un moderno «tabú» que, en cierto sentido, sustituye a otros que van cayendo.  Es significativo observar cómo nuestra sociedad se preocupa cada vez más de iniciar al niño en todo lo referente al sexo y al origen de la vida, y cómo se le oculta con cuidado la realidad última de la muerte. Quizás esa vida que nace de manera tan maravillosa, ¿no terminará trágicamente en la muerte?

Lo cierto es que la muerte rompe todos nuestros proyectos individuales y pone en cuestión el sentido último de todos nuestros esfuerzos colectivos.  Y el hombre contemporáneo lo sabe, por mucho que intente olvidarlo. Todos sabemos que, incluso en lo más íntimo de cualquier felicidad, podemos saborear siempre la amargura de su limitación, pues no logramos desterrar la amenaza de fugacidad, ruptura y destrucción que crea en nosotros la muerte.  El problema de la muerte no se resuelve escamoteándolo ligeramente. La muerte es el acontecimiento cierto, inevitable e irreversible que nos espera a todos. Por eso, sólo en la muerte se puede descubrir si hay verdaderamente alguna esperanza definitiva para este anhelo de felicidad, de vida y liberación gozosa que habita nuestro ser.

Es aquí donde el mensaje pascual de la resurrección de Jesús se convierte en un reto para todo hombre que se plantea en toda su profundidad el sentido último de su existencia.  Sentimos que algo radical, total e incondicional se nos pide y se nos promete. La vida es mucho más que esta vida. La última palabra no es para la brutalidad de los hechos que ahora nos oprimen y reprimen.  La realidad es más compleja, rica y profunda de lo que nos quiere hacer creer el realismo. Las fronteras de lo posible no están determinadas por los límites del presente. Ahora se está gestando la vida definitiva que nos espera. En medio de esta historia dolorosa y apasionante de los hombres se abre un camino hacia la liberación y la resurrección.  Nos espera un Padre capaz de resucitar lo muerto. Nuestro futuro es una fraternidad feliz y liberada. ¿Por qué no detenerse hoy ante las palabras del Resucitado en el Apocalipsis «He abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar»?

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“Pecadores sí, corruptos jamás”

peca

“Hay un momento en que el hábito del pecado o un momento en que nuestra situación es tan segura y somos bien vistos y tenemos tanto poder” que el pecado deja “de ser pecado” y se convierte en “corrupción”.

Y digo que una de las peores cosas de la corrupción es que el corrupto no tiene necesidad de pedir perdón:

“Hagamos hoy una oración por la Iglesia, comenzando por nosotros, por el Papa, por los obispos, por los sacerdotes, por los consagrados, por los fieles laicos:

 ‘Pero, Señor, sálvanos, sálvanos de la corrupción. Pecadores sí, Señor, lo somos todos, ¡pero corruptos jamás!’.

Pidamos esta gracia”.

 LA ESPERANZA VERDADERA

 

ojo

¿Qué piden estos hombres, hoy, en la presente «maduración» histórica? ¿Qué piden en este punto tan elevado -a pesar de lodo- del proceso histórico de la civilización humana? Todo está puesto en tela de juicio: las bases de todo el edificio humano -bases económicas, bases sociales, bases políticas, bases culturales, bases religiosas- están o bien quebrantadas o bien sacu­didas; todos los valores están sometidos a crítica y a revisión, como si todas las cosas, todas las ideas, todas las normas, tu­vieran que ser introducidas otra vez en un crisol nuevo para ser recuperadas, para ser sometidas a una nueva forma y a una nueva medida.

¿Entonces? ¿Nos retiraremos desanimados de la «contempla­rión», ciertamente no consoladora, del espectáculo del mundo presente? Esta «invasión de las aguas» que ha roto los diques más firmes, que ha puesto todo en tela de juicio, que lo ha mez­clado todo, que ha roto todos los moldes precisos de cuerpo social, ¿acabará asustándonos o apagará en nosotros, o debilitará al menos, la osadía constructiva de la esperanza? Bien al con­trario, la esperanza verdadera florece lozana precisamente en los momentos más críticos de la «frac­tura»: cuando todo está destrozado, cuando todo parece aca­bado, cuando los límites de la ruptura más áspera han sido al­canzados, entonces nace, de improviso, como por milagro, el arco iris de la esperanza.

Cuando el invierno se encuentra en el punto álgido de sus rigores, ya está firmemente construida la primavera: termina la nieve y apuntan las flores. Es el misterio siempre renovado de la divina creación, tanto en el cosmos como, más aún, en la historia. Es casi una ley -por así decirlo- del comportamiento de Dios con respecto a la historia de los hombres. La «dialécti­ca histórica» de Dios no se encuadra en el esquema de la «dia­léctica histórica» del hombre; tiene una andadura diferente: pro­cede a menudo a través de paradojas, por inversiones: vence a la prudencia con la estupidez, a la grandeza con el oprobio (G. La Pira).

Convivencia

 

MARIA1

 

El éxito final de la convivencia

está en aceptarnos como somos

cada uno de nosotros.

En la naturaleza hay armonía

porque cada cosa es lo que es

y nunca busca ser otra cosa.

Un tomate no busca ser zanahoria

y cuanto más sabroso es,

mejor cumple con su cometido.

Fallamos en nuestra convivencia

por nuestra falta de autenticidad

y porque lo hacemos demasiado mal.

El hombre no necesita fingir

para demostrar que es fuerte.

El hombre no necesita demostrar

que todo va bien;

simplemente debe actuar como

le dicta su conciencia.

El hombre no necesita que los demás

le estén diciendo continuamente

que es el mejor en su profesión.

Simplemente le basta con hacer

las cosas lo mejor que sabe.

Cuando se actúa

con sencillez

de corazón,

el campo de

la existencia

es bendecido

con el sol y la lluvia.

 

Aprendí a dialogar

 

 

HABLAR

 

Aprendí que no hay problema

que dialogando no tuviese solución.

Aprendí que la noche es para olvidar

 y superar que ayer ya pasó

y que hoy debo volver a empezar.

Aprendí que tengo derecho

a desahogarme, pero nunca

a atropellar e insultar a nadie.

Aprendí que tú eres tú y que tienes

derecho a que yo te oiga

y que a partir de ese momento

es posible una nueva realidad.

Aprendí que es mejor,

en el camino por la vida,

ir bien acompañado

que solos o a empujones de otros.

Aprendí que ésta es mi vida

y que lo que haga con ella,

quedará para siempre conmigo.

  

 

 

 

 

 

 

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