ÁLVARO LACASTA S.J.
DIRECTOR NACIONAL DE LA RED
MUNDIAL
DE ORACIÓN DEL PAPA. VENEZUELA
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EDITORIAL
La Intención de Oración del Santo Padre para el mes de septiembre nos invita a orar «por una gestión justa y sostenible del agua, recurso vital, para que todos tengan acceso equitativo a ella». Esta petición nos recuerda algo que muchos damos por sentado: el agua es indispensable para la vida, la salud y la dignidad de toda persona, no un lujo reservado a unos pocos.
Aunque para muchos abrir un grifo y obtener agua sea algo cotidiano, millones de personas viven diariamente la angustia de no disponer de agua potable para beber, cocinar, asearse, lavar su ropa o mantener limpio su hogar. En 2022, unos 2.200 millones de personas todavía carecían de servicios de agua potable gestionados de forma segura. Esta realidad nos exige mirar más allá de nuestras propias necesidades y reconocer el sufrimiento de quienes deben recorrer largas distancias o utilizar fuentes contaminadas para conseguir el agua indispensable.
El agua está relacionada con todos los aspectos de la vida humana. De ella dependen la salud, la alimentación, la higiene, la educación, el trabajo y la convivencia pacífica. Cuando falta, aumentan las enfermedades, la pobreza y la inseguridad; cuando se administra de manera justa, se abren oportunidades para que las familias y las comunidades puedan vivir con mayor dignidad. El acceso al agua potable es reconocido internacionalmente como un derecho humano, pues todas las personas deben contar con agua suficiente, segura, accesible y asequible para sus necesidades personales y domésticas.
Esta intención de oración también nos llama a revisar nuestra propia manera de utilizar este recurso. Quienes tenemos acceso al agua debemos evitar el desperdicio y asumir hábitos responsables: cerrar los grifos cuando no sean necesarios, reparar las fugas, utilizar solo la cantidad indispensable y procurar que las labores domésticas se realicen con el mayor ahorro posible. Cuidar el agua tiene que ver con el futuro, sí, pero sobre todo con respetar hoy la vida de nuestros hermanos y hermanas.

Sin embargo, la responsabilidad no recae solamente en las personas. Las autoridades nacionales, regionales y municipales tienen el deber de impulsar inversiones en acueductos, sistemas de distribución, plantas de tratamiento y servicios de saneamiento. Deben proteger, además, los ríos, quebradas, bosques y demás ecosistemas que permiten conservar las fuentes de agua. La gestión de este recurso debe buscar el bien común y garantizar que ninguna comunidad sea olvidada.
La educación cumple aquí un papel decisivo. Desde la escuela, los niños y jóvenes pueden aprender que cada gota cuenta y que el cuidado del agua está estrechamente unido a la protección del ambiente. Hace falta comprender, además, la relación entre la escasez de agua y el cambio climático, cuyas consecuencias pueden agravar las dificultades de numerosas poblaciones.

Como creyentes, estamos llamados a convertir la oración en compromiso. Podemos pedir a Dios por quienes sufren la falta de agua, pero también podemos colaborar con iniciativas comunitarias, apoyar proyectos responsables y promover una cultura de cuidado, solidaridad y respeto por la creación. La fe nos enseña a recibir la naturaleza con gratitud, como un don, y a entregarla protegida a las futuras generaciones, no a tratarla como una propiedad que se explota sin límites.
Que durante este mes nuestra oración despierte una conciencia nueva. Que aprendamos a valorar el agua, a usarla con responsabilidad y a defender el derecho de todos a disponer de ella. Pidamos al Señor que ilumine a quienes toman decisiones y mueva nuestros corazones para que, mediante pequeñas acciones y esfuerzos compartidos, contribuyamos a reducir la escasez y a cuidar la casa común.


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