ÁLVARO LACASTA S.J.
DIRECTOR NACIONAL DE LA RED
MUNDIAL
DE ORACIÓN DEL PAPA. VENEZUELA
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EDITORIAL
En el día a día de nuestras parroquias y comunidades, a menudo nos encontramos con hermanos y hermanas que atraviesan profundas dificultades o trastornos de salud mental. Sin embargo, el estigma, el prejuicio y la discriminación que rodean a estas condiciones suelen golpear con mayor dolor que las propias heridas del cuerpo o de la mente, provocando aislamiento tanto en quienes las padecen como en sus familias. La intención de oración del Santo Padre nos llama a transformar nuestras comunidades en espacios donde prevalezca la cultura del cuidado y de la comunidad sobre la mentalidad del descarte y la indiferencia.

Una comunidad verdaderamente acogedora no se limita a mirar desde lejos ni a preguntar con mera curiosidad «¿qué te pasa?», sino que aprende a preguntar con el corazón abierto: «¿cómo podemos acompañarte?». La verdadera inclusión no exige fórmulas complejas ni discursos elaborados; comienza con pequeñas acciones cotidianas y concretas, como cuidar el lenguaje que utilizamos, evitar comentarios simplistas o etiquetas hirientes y ofrecer una escucha atenta y libre de juicios. Es fundamental recordar que una dificultad de salud mental jamás equivale a una falta de fe, a una debilidad moral o a un castigo divino, por lo que nunca debemos reducir a un ser humano a su diagnóstico.

Integrar la pastoral de la salud mental en la vida de la Iglesia no significa convertir a los sacerdotes, religiosos o agentes de pastoral en psicólogos o psiquiatras. Se trata, en cambio, de construir comunidades maduras y preparadas para acoger, brindar apoyo espiritual y orientar de manera responsable y complementaria hacia la atención profesional médica cuando sea necesario. El acompañamiento pastoral no pretende reemplazar los tratamientos médicos ni promete soluciones mágicas, sino que ofrece la presencia cálida, el afecto y la esperanza comunitaria que sostienen en los momentos de mayor fragilidad.

Es momento de dar el paso de las buenas intenciones a las acciones pastorales concretas en cada uno de nuestros grupos y parroquias. Estamos llamados a edificar una Iglesia donde nadie tenga que esconder o silenciar su sufrimiento por miedo al rechazo, al juicio o a la marginación. Oremos y trabajemos juntos para que la pastoral de la salud mental se integre plenamente en la Iglesia y para que nuestras comunidades sean verdaderos hogares de misericordia, donde cada persona encuentre escucha, dignidad y la certeza de no estar sola.

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