ÁLVARO LACASTA S.J.
DIRECTOR NACIONAL DE LA RED
MUNDIAL
DE ORACIÓN DEL PAPA. VENEZUELA
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EDITORIAL
Se acerca la Semana Santa, y si somos sinceros, para gran parte de la sociedad estos días se han convertido simplemente en unas merecidas vacaciones de primavera o en un alto en el camino para descansar de la rutina. Sin embargo, si nos atrevemos a rasgar un poco la superficie de estas fechas, nos encontraremos con una de las historias más profundamente humanas y conmovedoras de nuestra cultura. Más allá de los ritos formales, la historia de la Pasión y Resurrección nos habla directamente a nuestro propio dolor, a nuestra fragilidad y a nuestra necesidad ineludible de los demás.

Por mucho tiempo, se nos ha transmitido la imagen de un Dios severo, casi un acreedor implacable que exigía la sangre y el sufrimiento de su propio Hijo para poder perdonarnos. Pero los textos que hoy analizamos coinciden en desmentir rotundamente esa idea; nos dicen que es impensable creer en un Dios «cruel». Al contrario, la muerte de Jesús fue la consecuencia trágica pero previsible de un hombre que dedicó su vida a abrazar a los marginados, a los enfermos y a los excluidos de su tiempo.
El Papa León XIV nos regaló hace poco una reflexión preciosa sobre esto. Nos recordó que, en su momento de mayor agonía en la cruz, Jesús no se muestra como un superhéroe invencible, sino como un mendigo de amor que pronuncia dos palabras inmensas: «Tengo sed». Con ese gesto tan vulnerable, Dios nos enseña que pedir ayuda no nos quita dignidad, sino que nos hace auténticamente humanos. Nadie puede salvarse solo; para que el amor sea real, hay que aprender a dar, pero también a dejarse ayudar.
Esa sed de la cruz es la misma sed que hoy tienen millones de personas. El Papa lo aterrizó dolorosamente al pedir ayuda urgente por la crisis humanitaria en Sudán, donde la violencia, los deslizamientos de tierra y el cólera están destrozando a miles de familias. Ellos son los crucificados de hoy, junto con los niños hambrientos, las mujeres maltratadas y los olvidados por el sistema.

Nuestra postura es clara: apostamos por una visión de la vida y de la fe que se manche las manos por el otro. Nos entristece ver cómo, a lo largo de los siglos, la cruz se ha frivolizado, convirtiéndose a veces en una joya de oro ostentosa que adorna a los poderosos, vaciándola de su mensaje de austeridad y solidaridad con los más pobres.
También compartimos la valiente autocrítica que hace el teólogo Ruiz de Galarreta al señalar que, lamentablemente, algunos textos oficiales y rituales religiosos aún conservan esa vieja teología que desfigura a Dios, presentándolo como un ser vengativo. Creemos que es hora de cambiar ese lenguaje. Preferimos quedarnos con la imagen de un Dios compasivo que sufre con nosotros, al que le duele nuestro dolor.
La Resurrección no debería ser vista solo como una promesa lejana para cuando muramos. Es un reto para el aquí y el ahora. Creer en la vida significa rebelarnos contra todo lo que causa sufrimiento a nuestros hermanos hoy. Significa poner amor y esperanza donde otros imponen violencia y soledad. En un mundo que premia la autosuficiencia, atrevámonos a ser vulnerables, a tender la mano y a reconocer, con total humildad, que nos necesitamos los unos a los otros. En definitiva, la compasión no es sentir lástima, es sentir-con el otro. Es entender que todos estamos en el mismo barco y que la vida solo merece llamarse vida cuando la cuidamos entre todos. En esta Semana Santa que estamos por vivir, la invitación es a no quedarnos como simples espectadores de un rito antiguo. Los textos de este año nos sacuden: nos hablan de un Jesús que, en lugar de actuar como un héroe invencible, se muestra vulnerable y nos dice «Tengo sed».

Esa sed es el grito de quienes hoy sufren en lugares lejanos, pero también de nuestro vecino que vive en soledad o del familiar que no sabe cómo pedir ayuda. Celebrar la Pascua es entender que la vida de Jesús «tuvo razón» porque se entregó a los demás. Resucitar hoy significa poner esperanza donde hay dolor y justicia donde hay olvido.

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