Boletín No. 74 Mayo 2026: Alimentación de Calidad (CLICK LEER MÁS)

ÁLVARO LACASTA S.J.

DIRECTOR NACIONAL DE LA RED

MUNDIAL

DE ORACIÓN DEL PAPA. VENEZUELA

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EDITORIAL

En un mundo interconectado y con una capacidad técnica sin precedentes, el hambre sigue siendo la paradoja más dolorosa de nuestra civilización. Como ha señalado recientemente el Papa León XIV en su viaje por África, la premisa es sencilla pero exigente: «Hay pan para todos si se da a todos». Esta afirmación no es solo un deseo piadoso, sino un llamado a reconocer que el acceso a una alimentación segura, nutritiva y sostenible es un derecho humano fundamental que sostiene la salud, la educación y el desarrollo de cualquier sociedad. Garantizar este derecho es una obligación ética que nos concierne a todos, desde los grandes productores hasta los consumidores individuales.

El problema del hambre no radica en la falta absoluta de recursos, sino en la gestión moral y política de los mismos. Hoy nos enfrentamos a dos rostros de una misma tragedia: por un lado, la ceguera egoísta de quienes desperdician comida mientras otros carecen de lo básico; por otro, el impacto de conflictos armados, choques económicos y el cambio climático que desarticulan la producción.

A nivel mundial, la emergencia nutricional es alarmante. Según datos recientes de organismos internacionales (WFP y FAO, 2026), se estima que cerca de 363 millones de personas enfrentan niveles de hambre aguda. En los focos más críticos de inseguridad alimentaria, la situación es devastadora: en regiones afectadas por crisis prolongadas, entre el 50% y el 90% de los hogares carecen de acceso estable a alimentos básicos y de calidad. Esta vulnerabilidad no es solo una estadística de escasez; es una condena al retraso en el crecimiento infantil, a enfermedades crónicas y a una mortalidad que se ensaña con los más indefensos. La desnutrición aguda afecta ya a millones de niños y mujeres embarazadas, dejando una huella imborrable de precariedad en las futuras generaciones.

Sostenemos que la lucha contra el hambre debe ser la prioridad absoluta de la agenda global. Resulta inaceptable que el desperdicio y el acaparamiento convivan con la inanición. Es imperativo denunciar la negligencia de quienes, con sus actos o su desidia, permiten que la escasez se convierta en una herramienta de opresión o en una consecuencia del descuido institucional. Una sociedad que permite que sus ciudadanos sufran hambre está renunciando a su propia humanidad. Los líderes mundiales deben garantizar políticas que faciliten la producción sostenible y aseguren que los alimentos lleguen a precios accesibles a cada mesa, sin excepción.

La erradicación del hambre demanda una transformación profunda de la conciencia colectiva. A nivel estructural, se requiere reactivar las capacidades productivas globales y asegurar que la política económica esté al servicio de la vida y no de intereses particulares. En el ámbito personal, la solidaridad debe ser «ingeniosa», buscando formas de ayudar a los necesitados y evitando el desperdicio en nuestros propios hogares. Solo mediante una responsabilidad compartida, que detenga el abuso y la apropiación indebida de recursos, lograremos que el objetivo de asegurar comida para todos de calidad deje de ser una meta lejana y se convierta en una realidad universal para cada familia en la Tierra.

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