La Iglesia que necesitamos para después de los encierros (CLICK LEER MÁS)

Iglesia

Compartimos el texto editorial de Radio Progreso en Honduras sobre las demandas y retos que plantea la pandemia a la iglesia.

A quienes menos ha de costar esta prolongada cuarentena, es al clero. Aunque parte de sus miembros ha dado pasos teológicos, eclesiales y pastorales muy importantes para situarse en las encrucijadas de la sociedad, la tendencia sigue siendo de confinamiento, por su propia devoción, en las seguridades de sus pasillos y construcciones mentales y doctrinales.

Es encierro físico, pero sobre todo mental. Un encierro que se vuelve muy mal consejero. Vuelve al clero desconfiado ante lo nuevo. Se le educó para protegerse del exterior. Y desde el encierro, el clero acabó convencido que es poseedor de la verdad, y todo lo que se mueve fuera de los encierros, es errado porque se sustenta en la mentira de las ideologías. Entonces, el clero sale de su encierro para poner verdad en un mundo lleno de mentiras y desviaciones. Y una vez depositada la verdad, retorna a las seguridades de su encierro.

Cuando se divulgó la noticia de una pandemia, al clero no se le tuvo que recomendar encierro, porque su tendencia innata es al distanciamiento. Vivir en el encierro es el modo clerical de situarse ante una humanidad que con tantas novedades pone en peligro las verdades eternas, inmutables, permanentes.

Nada que ver este modo de situarse, con el nutriente evangélico y de las primeras comunidades cristianas, que anima a los seguidores para que estando con Jesús, vivan enviados e insertos en el mundo. Desde un inicio, los miembros de la comunidad son llamados para vivir al interior los valores del Reino, y para simultáneamente, meterse en las realidades humanas para sembrar los valores evangélicos del Reino. El encierro nada tiene que ver con lo que muchos siglos después, caracterizó al clero, que en su esencia significa separado, como distinto al laico, “al pueblo llano, municipal y espeso”.

Hay un Coronavirus que infecta y puede matar. Por suerte, hay otras contaminaciones, como la de esas juventudes y mujeres que tienen alergia de la Iglesia, es cierto, porque se encontraron con un clero encerrado y predispuesto a lo nuevo, pero sin duda tienen tanto que mostrar de Evangelio a una Iglesia que solo riqueza recibirá si decide abrirse a dialogar con esas novedades que circulan por este mundo.

Para después de los encierros, necesitamos una iglesia que deje sus encierros, es decir, que cuestione hasta abandonar su concepción clerical, como lo dice el papa Francisco, y se ponga a dialogar con la mundanidad, fuera de sus históricos y doctrinales encierros. Solo metida a fondo en las realidades humanas, la Iglesia se reencontrará con ella misma. Nunca a espaldas de la humanidad, nunca desde los encierros físicos. Y menos mentales.

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