La Iglesia recuerda el 3 de noviembre al religioso dominico peruano, reconocido por su atención a enfermos, pobres y marginados en la Lima del siglo XVII.
San Martín de Porres nació en Lima en una sociedad marcada por la desigualdad. Hijo del hidalgo español Juan de Porres, gobernador de Guayaquil, y de Ana Velázquez, una negra liberta panameña, creció en el barrio de Malambo, donde convivían españoles empobrecidos, indígenas y personas esclavizadas. Su origen y su condición de hijo no reconocido al nacer explican, en parte, las barreras que enfrentó dentro de la propia Iglesia.
Por esa ilegitimidad, los dominicos de Lima no lo admitieron inicialmente como fraile, sino como “donado”: recibía alojamiento y se encargaba de la limpieza del convento. Con el tiempo, su trabajo, su formación en medicina aborigen y su cercanía con los enfermos lo convirtieron en una figura conocida en toda la ciudad.

Martín atendía a quienes llegaban al convento de Santa María del Rosario con conocimientos sobre plantas curativas y una particular atención al sufrimiento de las personas pobres. Durante una epidemia de sarampión, según un relato de la época, se ocupó de calmar y asistir a los enfermos incluso cuando estos, por el estado de fiebre, se resistían a recibir cuidados.
Su labor no se limitó al convento. Enseñaba doctrina cristiana a mendigos, indígenas, personas esclavizadas y huérfanos, y fundó, con apoyo económico de varios nobles, el Asilo y Escuela de Santa Cruz para ofrecerles educación y un oficio. También mantenía una lista de “pobres vergonzantes”: personas que habían caído en necesidad y preferían ocultarlo. Las ayudaba en secreto con comida y ropa.

Su vida estuvo marcada por la austeridad. Remendaba su hábito hasta que se deshacía y rechazó uno nuevo que le llevó su hermana Juana. “En la religión no desdicen pañetes pobres y remendados sino costumbres asquerosas y sucias”, le respondió, según el relato recogido por Vatican News.
También se le atribuyen episodios extraordinarios, como el don de la bilocación: se cuenta que fue visto junto a enfermos moribundos mientras permanecía en su celda, o que entraba y salía del convento sin que alguien le abriera la puerta. Ante las preguntas, solía responder con humor: “Yo tengo mis modos de entrar y salir”.
Martín de Porres murió el 3 de noviembre de 1639, a causa de fiebres cuartanas. Su muerte conmovió a Lima: todas las campanas de la Ciudad de los Reyes doblaron en su honor.
San Juan XXIII lo proclamó Patrono de la Justicia Social durante su canonización. En la homilía, el papa destacó que el religioso asistía a enfermos, daba comida, vestidos y medicinas a los débiles, y apoyaba a campesinos, negros y mestizos, quienes entonces desempeñaban los oficios más humildes. Por eso, la voz popular lo llamó “Martín de la Caridad”.

Cada 3 de noviembre, su memoria invita a mirar la caridad no como una ayuda ocasional, sino como una respuesta concreta a la exclusión, la enfermedad y la pobreza.

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