Boletín No. 49 Abril 2024: Semana Santa Impactante Verdad (CLICK LEER MÁS)

ÁLVARO LACASTA S.J.

DIRECTOR NACIONAL DE LA RED

MUNDIAL

DE ORACIÓN DEL PAPA. VENEZUELA

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EDITORIAL

<<Sólo el Amor es digno de Fe>>.

Ciertos peregrinos venidos a celebrar la Pascua de los judíos se acercan a Felipe con una petición: <<Queremos ver a Jesús>>. No es casualidad. Es un deseo profundo de reconocer el misterio que se encierra en aquel hombre de Dios. También a ellos se les puede hacer bien, ver a Jesús.

En estos días a Jesús se le ve bastante preocupado. Dentro de poco tiempo será crucificado. Cuando le comunican el deseo de los peregrinos pronuncia unas palabras desconcertantes: <<Llega la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre>>. Tan pronto sea crucificado, todos podrán ver con claridad dónde está su verdadera grandeza y su gloria.

Probablemente nadie ha entendido nada. Pero Jesús, pensando en la forma de muerte que le espera insiste: <<Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí>>. ¿Qué es lo que se esconde en el Crucificado para que tenga ese poder de atracción? Sólo una cosa: su amor increíble a todos.

El amor es invisible. Sólo lo podemos captar en los gestos, los signos y la entrega de quien nos quiere bien. Por eso, en Jesús Crucificado en su vida entregada hasta la muerte, podemos percibir el amor insondable de Dios.  En realidad, sólo empezamos a ser cristianos, cuando nos sentimos atraídos por Jesús. Sólo empezamos a entender algo de la fe cuando nos sentimos amados por Dios.

Para explicar la fuerza que se encierra en su muerte en la cruz, Jesús emplea una imagen sencilla que todos podemos entender: <<Si el grano no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto>>.Si el grano muere germina y hace brotar la vida, pero si se encierra en su pequeña envoltura y guarda para sí su entrega vital, permanece estéril.

Esta bella imagen nos descubre una ley que atraviesa la vida entera. Esto no es una norma moral. No es una ley impuesta por la religión. Es una dinámica que hace profunda la vida de quien sufre movido por el amor. Es una idea repetida por Jesús en diversas ocasiones: quien se aferra egoístamente a su vida la echa a perder; quien sabe entregarla con generosidad genera más vida.

No es difícil comprobarlo. Quien vive exclusivamente para su bienestar y disfrute, su dinero, su éxito o su seguridad termina viviendo una vida mediocre y estéril: su paso por este mundo no hace la vida más humana.

Quien se arriesga a vivir en actitud abierta y generosa, difunde su vida, irradia alegría, ayuda a vivir. No hay una manera más apasionante de vivir, que hacer la vida de los demás más humana y llevadera. ¿Cómo podremos ir a Jesús si no nos sentimos atraídos por su estilo de vivir y morir?

Quien se arriesga a vivir en actitud abierta y generosa, difunde vida, irradia alegría, ayuda a vivir. No hay manera más apasionante de vivir, que hacer la vida de los demás más humana y llevadera. ¿Cómo podremos ir a Jesús si no nos sentimos atraídos por su estilo de vivir y morir?

Al deseo de cuántos llegan a Jerusalén: <<Queremos ver a Jesús>>, Jesús responde con un discurso vibrante en el que se resume el sentido profundo de su vida: <<Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí>>.

Cuando Jesús sea alzado en una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el Amor insondable de Dios, se darán cuenta de que Dios es amor y solo amor hacia todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Ministerio de Dios.

Hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios.

Pero, probablemente, a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos e hijas, escuchemos – aunque sea débilmente- su llamado: <<El que quiera servirme que me siga, a donde estoy yo, allí estará también mi servidor>>.

Entonces empezaremos a convertirnos en sus seguidores.

En la Semana Santa, hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que se encuentre su salvación en Dios.

Esto significa compartir su vida y su destino: <<Donde esté yo, allí estará mi servidor>>. Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús. <<No existe ningún sufrimiento que nos pueda ser ajeno>> (K. Simonon). Es lo que descubrimos en el Crucificado, salva quien comparte el dolor y se solidariza con el que sufre.

Álvaro Lacasta s.j.

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