Boletín No. 77 Agosto 2026: La Asunción de la Santísima Virgen María (CLICK LEER MÁS)

ÁLVARO LACASTA S.J.

DIRECTOR NACIONAL DE LA RED

MUNDIAL

DE ORACIÓN DEL PAPA. VENEZUELA

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EDITORIAL

Con gran alegría celebramos la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, misterio que proclama que, al finalizar su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo. En María contemplamos la plenitud de la gracia de Dios y el destino al que todos estamos llamados: vivir para siempre en comunión con Él.

La imagen de María elevada al cielo puede parecernos distante de nuestra experiencia cotidiana. El paso de los años transforma nuestro cuerpo, deja huellas en el rostro y nos recuerda nuestra fragilidad. Sin embargo, la Asunción nos revela que la verdadera belleza de la persona no depende de la juventud, de la apariencia física ni de los modelos estéticos que muchas veces nos impone una sociedad marcada por el consumo y la superficialidad.

En María se unen la pureza del corazón y la glorificación de todo su ser. Su belleza no depende de un rostro hermoso: depende de una vida abierta a Dios, entregada al servicio y llena de amor. Por eso, la Asunción nos invita a mirar más allá de las apariencias y a reconocer la dignidad presente en cada etapa de la vida: en la ternura de un niño, en la energía de un joven, en la responsabilidad de un adulto y en las arrugas llenas de historia de nuestros ancianos. Vivimos en un tiempo que con frecuencia valora más lo exterior que la bondad, la verdad y la generosidad. Muchas personas terminan sintiéndose prisioneras de ideales imposibles de belleza y éxito, mientras olvidan que el amor es el adorno más hermoso del ser humano. El amor transforma y hace resplandecer incluso las realidades más sencillas de la vida.

La Solemnidad de hoy nos ayuda a descubrir que el cielo no es una realidad completamente ajena a nuestra existencia. Podemos encontrar pequeños destellos de cielo en el hogar de unos padres que regresan cansados, pero felices de encontrarse con sus hijos; en los abuelos que siguen entregando cariño; en los jóvenes que eligen vivir con honestidad; y en tantas personas que, con fe y perseverancia, hacen el bien cada día.

María, humilde sierva del Señor, nos enseña que Dios puede realizar grandes obras en la sencillez de un corazón disponible. En su Magníficat reconocemos la alegría de quien se sabe amado por Dios y descubre que la humildad no disminuye a la persona, sino que la abre a la grandeza de la gracia.

La Virgen Asunta es también imagen y principio de la Iglesia, signo de esperanza y consuelo para todos los creyentes. En ella contemplamos anticipadamente nuestra propia vocación a la vida eterna. Su gloria nos recuerda que nuestras fatigas, luchas y sufrimientos no tienen la última palabra, porque Cristo resucitado ha abierto para nosotros el camino hacia la plenitud.

Celebrar la Asunción es renovar la esperanza y revisar el rumbo de nuestra vida. Como nos invita san Agustín, sigamos la luz del Resucitado y cambiemos de camino cuando sea necesario. Miremos a María como Madre, guía, compañera y protectora, y aprendamos de ella a llevar un poco de cielo a la tierra mediante la caridad, la fe y el servicio.

Que la Virgen María nos ayude a descubrir la belleza verdadera, esa que nace de un corazón limpio, compasivo y generoso. Y que, siguiendo sus pasos, podamos caminar con confianza hacia la gloria que Dios ha preparado para sus hijos.

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