Intención Marzo 2021 Sacramento de la reconciliación (CLICK LEER MÁS)

Intención universal Sacramento de la reconciliación.

Recemos para que vivamos el sacramento de la reconciliación con renovada profundidad, para saborear la infinita misericordia de Dios.

HOMILÍA – CELEBRACIÓN DE LA PENITENCIA

Francisco, 29 de Marzo de 2019

Homilía del Papa Francisco en Celebración Penitencial de Jornada “24 horas para el Señor”, 29-3-19

[…] La confesión es el paso de la miseria a la misericordia, es la escritura de Dios en el corazón. Allí leemos que somos preciosos a los ojos de Dios, que él es Padre y nos ama más que nosotros mismos.

«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia». Solo ellos. Cuántas veces nos sentimos solos y perdemos el hilo de la vida. Cuántas veces no sabemos ya cómo recomenzar, oprimidos por el cansancio de aceptarnos. Necesitamos comenzar de nuevo, pero no sabemos desde dónde. El cristiano nace con el perdón que recibe en el Bautismo. Y renace siempre de allí: del perdón sorprendente de Dios, de su misericordia que nos restablece. Solo sintiéndonos perdonados podemos salir renovados, después de haber experimentado la alegría de ser amados plenamente por el Padre. Solo a través del perdón de Dios suceden cosas realmente nuevas en nosotros. Volvamos a escuchar una frase que el Señor nos ha dicho por medio del profeta Isaías: «Realizo algo nuevo» (Is 43,18). El perdón nos da un nuevo comienzo, nos hace criaturas nuevas, nos hace ser testigos de la vida nueva. El perdón no es una fotocopia que se reproduce idéntica cada vez que se pasa por el confesionario. Recibir el perdón de los pecados a través del sacerdote es una experiencia siempre nueva, original e inimitable. Nos hace pasar de estar solos con nuestras miserias y nuestros acusadores, como la mujer del Evangelio, a sentirnos liberados y animados por el Señor, que nos hace empezar de nuevo.

Foto: www.rtvd.org

«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia». ¿Qué hacer para dejarse cautivar por la misericordia, para superar el miedo a la confesión? Escuchemos de nuevo la invitación de Isaías: «¿No lo reconocéis?» (Is 43,18). Reconocer el perdón de Dios es importante. Sería hermoso, después de la confesión, quedarse como aquella mujer, con la mirada fija en Jesús que nos acaba de liberar: Ya no en nuestras miserias, sino en su misericordia. Mirar al Crucificado y decir con asombro: “Allí es donde han ido mis pecados. Tú los has cargado sobre ti. No me has apuntado con el dedo, me has abierto los brazos y me has perdonado otra vez”. Es importante recordar el perdón de Dios, recordar la ternura, volver a gustar la paz y la libertad que hemos experimentado. Porque este es el corazón de la confesión: no los pecados que decimos, sino el amor divino que recibimos y que siempre necesitamos. Sin embargo, nos puede asaltar una duda: “no sirve confesarse, siempre cometo los mismos pecados”. Pero el Señor nos conoce, sabe que la lucha interior es dura, que somos débiles y propensos a caer, a menudo reincidiendo en el mal. Y nos propone comenzar a reincidir en el bien, en pedir misericordia. Él será quien nos levantará y convertirá en criaturas nuevas. Entonces reemprendamos el camino desde la confesión, devolvamos a este sacramento el lugar que merece en nuestra vida y en la pastoral.

Foto: www.uncatolico.com

«Quedaron solo ellos dos: la miserable y la misericordia». También nosotros vivimos hoy en la confesión este encuentro de salvación: nosotros, con nuestras miserias y nuestro pecado; el Señor, que nos conoce, nos ama y nos libera del mal. Entremos en este encuentro, pidiendo la gracia de redescubrirlo.

COMENTARIO PASTORAL

Reconocer que hemos obrado mal es el primer paso para cambiar de vida, pero no es fácil. No es fácil, porque nuestro ego no quiere tener una imagen mala de nosotros mismos. Nos gustaría no haber hecho daño, queremos recomenzar una relación nueva con Dios y con la persona ofendida por nosotros, pero sabemos que no es fácil, que es casi imposible si el daño has sido profundo. También oímos muchas veces que en la vida pública los que obran mal se excusan diciendo que fue un olvido, un error, jamás una mala acción. No pensamos en el daño que podemos hacer a otra persona si abusamos de ella, si la engañamos, si la calumniamos. Reconocer que se ha obrado mal es el primer paso, y luego viene pedir perdón a la persona ofendida y a Dios.

El perdón se pide a quien se ha ofendido. Por supuesto a la persona a la que hacemos daño, pero también a Dios. ¿Por qué también a Dios? Pues porque él pasó en Jesucristo por esta vida nuestra sufriendo las consecuencias del mal obrar de tantos que le hicieron daño. El pecado afecta a Dios, porque no reconoce su amor por cada uno de nosotros, lo niega de hecho.

Foto: www.bibliadenavarra.blogspot.com

El sacramento de la penitencia o reconciliación cumple un doble papel muy importante; primero, nos reconcilia con Dios, y segundo, lo hace en la comunidad a través del sacerdote, para hacernos ver que nuestra relación con Dios pasa por nuestra relación con los demás. No vale decir: yo me confieso con Dios, no con un cura, porque somos seres sociales totalmente relacionados con los demás, y a través del sacerdote reconocemos que hemos obrado mal con otra persona.

Dice muy bien el papa Francisco: “Este es el corazón de la confesión: no los pecados que decimos, sino el amor divino que recibimos y que siempre necesitamos.” No es un acto de descarga psicológica simplemente, sino un acto de fe bien importante, que nos pone ante el corazón de Jesús Crucificado y nos lleva a quererle mucho más. Dentro de ese amor escondemos nuestras faltas, pecados, tibiezas e infidelidades, aunque con frecuencia confesemos los mismos pecados, que indican nuestro lado flaco. Dios lo sabe y nos los perdona una y otra vez, porque nos quiere muchísimo y se alegra de que confiemos en su perdón.

P. Fco. Javier Duplá sj.

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