Intención Octubre 2021: Discípulos Misioneros (CILCK LEER MÁS)

“Recemos para que cada bautizado participe en la evangelización y esté disponible para la misión, a través de un testimonio de vida que tenga el sabor del Evangelio”.

El título del presente mensaje es igual al tema del Octubre misionero: Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo. La celebración de este mes nos ayudará en primer lugar a volver a encontrar el sentido misionero de nuestra adhesión de fe a Jesucristo, fe que hemos recibido gratuitamente como un don en el bautismo. Nuestra pertenencia filial a Dios no es un acto individual sino eclesial: la comunión con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es fuente de una vida nueva junto a tantos otros hermanos y hermanas. Y esta vida divina no es un producto para vender —nosotros no hacemos proselitismo— sino una riqueza para dar, para comunicar, para anunciar; este es el sentido de la misión. Gratuitamente hemos recibido este don y gratuitamente lo compartimos (cf. Mt 10,8), sin excluir a nadie. Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, y a la experiencia de su misericordia, por medio de la Iglesia, sacramento universal de salvación (cf. 1 Tm 2,4; 3,15; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 48).

Foto: www.los7sacramentos.review

La Iglesia está en misión en el mundo: la fe en Jesucristo nos da la dimensión justa de todas las cosas haciéndonos ver el mundo con los ojos y el corazón de Dios; la esperanza nos abre a los horizontes eternos de la vida divina de la que participamos verdaderamente; la caridad, que pregustamos en los sacramentos y en el amor fraterno, nos conduce hasta los confines de la tierra (cf. Mi 5,3; Mt 28,19; Hch 1,8; Rm 10,18). Una Iglesia en salida hasta los últimos confines exige una conversión misionera constante y permanente. Cuántos santos, cuántas mujeres y hombres de fe nos dan testimonio, nos muestran que es posible y realizable esta apertura ilimitada, esta salida misericordiosa, como impulso urgente del amor y como fruto de su intrínseca lógica de don, de sacrificio y de gratuidad (cf. 2 Co 5,14-21). Porque ha de ser hombre de Dios quien a Dios tiene que predicar (cf. Carta apost.  Maximum illud).

Es un mandato que nos toca de cerca: yo soy siempre una misión; tú eres siempre una misión; todo bautizado y bautizada es una misión. Quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida. Para el amor de Dios nadie es inútil e insignificante. Cada uno de nosotros es una misión en el mundo porque es fruto del amor de Dios. Aun cuando mi padre y mi madre hubieran traicionado el amor con la mentira, el odio y la infidelidad, Dios nunca renuncia al don de la vida, sino que destina a todos sus hijos, desde siempre, a su vida divina y eterna (cf. Ef 1,3-6).

Francisco

COMENTARIO PASTORAL

Nadie guarda un tesoro para sí mismo sin compartirlo con los seres queridos y menos si se trata de un tesoro inmaterial: un amor que se estrena, una nueva vida en un hijo que se tiene, un puesto de trabajo importante. Un tesoro compartido se multiplica, un tesoro encerrado desaparece. El bautismo es un tesoro que recibimos sin ser conscientes de ello, un regalo de parte de Dios a través de nuestros padres. A medida que vamos creciendo ese tesoro de la fe recibida se va haciendo consciente si tenemos la suerte de recibir educación religiosa, que por eso es tan importante. Y entonces se hace presente el carácter misionero de ese regalo, es decir, ese gusto en comunicar que se tiene para que también los demás lo tengan.

Foto:www.togethergoforth.org

Porque el don del bautismo no es individual, sino eclesial, comunitario. Es para que la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo llegue a muchos y transforme sus vidas y nos ayude a transformar en buenas obras la vida de los que tenemos fe. Es ver la vida, la realidad, a los demás y al mundo con los ojos y el corazón de Dios, unos ojos amorosos, generosos, perdonadores, animadores, impulsores de todo lo bueno que hay en potencia en cada ser humano. Este regalo, que queremos compartir, “nos abre a los horizontes eternos de la vida divina de la que participamos verdaderamente; es también la caridad, que pregustamos en los sacramentos y en el amor fraterno, nos conduce hasta los confines de la tierra”.

Una Iglesia así, en misión permanente de fe, de amor, de alegría, de solidaridad y de perdón, transformaría realmente el mundo. Están muy bien la ONU, la OEA, UNESCO y tantas organizaciones internacionales que buscan la unión, el progreso y la paz. Pero a todas les hace falta un impulso interior que viene de la fe en Jesucristo y que convierte en realidad lo que está escrito en las leyes y reglamentos. Esa Iglesia somos nosotros y este mes nos tenemos que animar a pedir con toda fuerza que sintamos el agradecimiento al Señor por hacernos sus misioneros. El testimonio de vida de cada uno de nosotros será el mejor signo de que nuestro bautismo construye la Iglesia y el mundo que necesitamos.

P. Fco. Javier Duplá S.J.

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