Boletín No. 72 Marzo 2026: Amar llevando el Amor del que sufre.(CLICK LEER MÁS)

ÁLVARO LACASTA S.J.

DIRECTOR NACIONAL DE LA RED

MUNDIAL

DE ORACIÓN DEL PAPA. VENEZUELA

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EDITORIAL

¿Te ha pasado que vas por la calle tan pendiente del celular o de tus propios asuntos que ni te fijas en quién tienes al lado? A veces, el corre-corre de cada día nos pone una venda en los ojos. Vivimos en un mundo que nos empuja a quererlo todo ya, y en medio de esa prisa, nos volvemos un poquito indiferentes. Nos cuesta frenar el paso para mirar quien la está pasando mal. El pasado 11 de febrero, celebramos la Jornada Mundial del Enfermo, y es una fecha que nos cae como anillo al dedo para recordar nuestra misión fundamental: el amor cristiano no es solo un sentimiento bonito o una idea abstracta, sino la decisión valiente de hacerse cercano al que sufre, reconociendo el rostro de Jesús en el hermano que está herido o desanimado.

El amor no se queda sentado esperando; el amor sale al encuentro. Ser «prójimo» no es solo vivir cerca de alguien, sino decidirse a ayudar. En la parábola del buen samaritano, Jesús nos muestra que la compasión real comienza cuando nos detenemos ante el dolor ajeno. El samaritano no pasó de largo; se le conmovieron las entrañas, curó las heridas con lo que tenía a mano (aceite y vino) y dedicó su tiempo y sus recursos (Lucas 10: 33, 34). Ese es el modelo de Iglesia que estamos llamados a ser: una comunidad que no tiene miedo de ensuciarse las manos para cuidar al que sufre. A menudo pensamos que para ayudar necesitamos recursos extraordinarios o soluciones magistrales. Pero el samaritano nos enseña que el amor se hace presente en la sencillez. Muchas veces, nuestra mejor «medicina» es simplemente una visita, una escucha atenta o una oración compartida. Jesús resucitado se nos aparece hoy precisamente ahí: en la Eucaristía y, de manera especial, en el sufrimiento de nuestros hermanos.

Algunos podrían pensar: «¿Cómo voy a cargar con el dolor ajeno si ya tengo bastantes problemas propios?». Es una duda muy humana, pero la fe nos invita a ver las cosas de otra manera. Nuestra dignidad no depende de cuánto éxito tengamos, sino de nuestra capacidad de amar. No crecemos encerrados en nuestro ego, sino poniéndonos en relación con los demás y con Dios. La misericordia no es un peso, sino el camino que el Señor nos regala para ser más humanos. Al aliviar el dolor ajeno, paradójicamente, encontramos nuestra propia paz y sanación espiritual.

En definitiva, la compasión es la marca que nos identifica como seguidores de Cristo. Amar llevando el dolor del otro nos rescata de la soledad y nos une como familia parroquial. Por eso, te invitamos a poner esto en práctica a lo largo de este mes: únete a las visitas de la pastoral de la salud, dedica un tiempo para visitar a un enfermo de tu familia o vecindario, o simplemente ofrece una oración sincera por quienes más necesitan consuelo. ¡Que este mes nuestra parroquia sea un reflejo vivo del amor de Jesús!

Álvaro Lacasta. S.J.

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